Por qué la serie Club de Pelea nos importa a todos
La Junta Editorial cree que un estado, un condado, una comunidad, un sistema escolar, se mide por la forma en que trata a sus miembros más vulnerables. ¿Y quiénes son más vulnerables que los menores y los ancianos?
Por eso es que la serie investigativa del Herald titulada Club de Pelea, que detalla atrocidades en el sistema de justicia juvenil de la Florida, debe hacernos pensar a todos si estamos haciendo lo correcto por los necesitados.
Si la muerte trágica de Elorde Revolte, de 17 años, sirve de indicación, la respuesta es no.
Mientras estaba detenido, Revolte murió de una hemorragia interna causada por una salvaje golpiza a manos de otros jóvenes, incitados por un agente del centro.
¿Cuál fue el premio para los atacantes? Un dulce.
Y la brutalidad de ese acto es lo que hace que esta serie de las reporteras investigativas Carol Marbin Miller y Audra D.S. Burch cause tanta ira.
Las reporteras revelaron —con datos y videos— que un sistema que debe reformar a jóvenes con problemas —encarcelados por la pobreza, el uso de drogas, las pandillas y también por la crianza que les dieron sus padres— y ayudarlos a volver al camino correcto, lo que hace es abusar de ellos aún más, quebrar su espíritu y hasta cobrar sus vidas. Qué horror.
Pero el caso de Revolte —y los otros en la serie que se publica este domingo y en línea esta semana— prueba que el Departamento de Justicia Juvenil (DJJ) tiene un lado oscuro, integrado por supervisores incompetentes; una atención médica cuestionable para los lesionados; investigadores internos que hacen la vista gorda, y miembros del personal que hacen que los chicos peleen como fieras y dan un dulce al ganador. ¿Qué tipo de conducta es esta?
La investigación revela casos en que los guardias ordenaron a unos chicos golpear a otros chicos, menores que sufrieron abuso sexual, y presuntamente jóvenes que murieron por negligencia. En los casos de los 12 menores —entre 12 y 18 años— que han muerto en el sistema de detención juvenil de la Florida desde el 2000, ni un solo guardia —ni siquiera uno que golpeaba a los jóvenes reclusos con el mango de una escoba— ha cumplido un solo día de cárcel.
En otras palabras, un joven con problemas muere en el sistema. El DJJ realiza una investigación superficial; los padres lo lloran, y no pueden hacer mucho más. Eso es todo. El resto de nosotros no presta gran atención. Pensamos que era un “chico malo”, que por eso estaba en el sistema. Revolte estaba en un centro de detención de Miami, acusado de robo a mano armada.
¿Por qué entonces preocuparse por ese “chico malo” —no un bebé indefenso— muerto a golpes mientras estaba en el penal? Porque con los dólares que pagamos en impuestos, se financia ese sistema cruel. Tiene que ver con nuestra humanidad como comunidad.
La serie muestra cómo la negligencia ha dejado a menores sufriendo riesgos, a empleados crueles supervisándolos y a padres sin poder hacer nada. ¿Y a eso llamamos rehabilitación?
Y los resultados son devastadores: “Trataron a mi hijo peor que a un perro”, dijo Enoch Revolte, el padre de Elord, a las reporteras. “Mi hijo no era un perro. Mi hijo merece justicia”.
Tiene razón.
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de octubre de 2017, 5:00 p. m. with the headline "Por qué la serie Club de Pelea nos importa a todos."