EN NUESTRA OPINIÓN: Los valores que celebramos el Cuatro de Julio
Como cada año, la nación celebra hoy otro aniversario de su independencia. Hace 242 años, el Segundo Congreso Continental aprobó la Declaración de Independencia, que separaba las trece colonias británicas en América del Norte de la metrópoli al otro lado del océano.
Los ciudadanos de las colonias que luchaban por su independencia y sus líderes no podían imaginar en ese momento que la nueva nación se extendería con el tiempo desde la franja que ocupaba en la costa atlántica para llegar hasta el Pacífico, hasta el extremo opuesto del continente. También es difícil que hubieran previsto que en menos de dos siglos, Estados Unidos se convertiría en un motor del desarrollo económico, en un pujante centro de innovación científica y en una potencia mundial capaz de determinar el resultado de conflictos internacionales.
La nación debió enfrentar desde sus inicios males heredados de la época colonial, entre ellos el de la esclavitud. Sobre las espaldas de los africanos traídos en cadenas a través del Atlántico se creó gran parte de la riqueza nacional. Hubo que librar una sangrienta guerra civil a mediados del siglo XIX para erradicar la injusticia de la servidumbre. Y después hubo que combatir durante largas décadas la discriminación institucionalizada, eliminada oficialmente casi dos siglos después de que la nación proclamara su independencia. Todavía hoy, el racismo asoma su fea cara con perniciosa frecuencia. Es una lacra que se debe denunciar y derrotar.
La discriminación contra las mujeres ha sido otra mancha en el devenir nacional. En los inicios de la república, por ley las mujeres eran consideradas propiedad de sus esposos o de sus padres, una arbitrariedad afortunadamente superada. Tampoco tenían derecho al voto. Tras una larga batalla, la Enmienda 19, ratificada en 1920, otorgó a las mujeres el derecho a votar. Pero aún hay problemas que superar para alcanzar la equidad entre los géneros; por ejemplo, todavía muchas mujeres ganan menos que los hombres en el mismo puesto de trabajo. Esa desigualdad es injusta, es inaceptable y se debe resolver cuanto antes.
Actualmente, la nación afronta la amenaza de masacres cometidas con armas de fuego en escuelas, oficinas, clubes nocturnos, recientemente en un periódico. Para detener las matanzas, hay que buscar un equilibrio entre el derecho a la posesión individual de armas, expresado en la Segunda Enmienda de la Constitución, y la necesidad de establecer un control a la tenencia de armas. Las matanzas deben parar ya.
También estamos ante un problema migratorio, agravado por la política de tolerancia cero que el gobierno de Trump implementó y después suspendió, pero que ha causado la separación de miles de niños que cruzaron la frontera con sus padres ilegalmente. La reunificación de las familias está muy lejos de completarse. Esa separación es un castigo cruel e inusitado, un atropello contra los más vulnerables. Es un alejamiento de nuestros valores como nación y del papel de Estados Unidos como faro de la libertad y la justicia en el mundo. Reunificar a las familias inmigrantes separadas es una de las tareas más urgentes del momento.
En la historia de Estados Unidos, el amor a la libertad y la convicción de que todos los seres humanos hemos sido creados iguales se han impuesto a la larga sobre las ideas repugnantes de los racistas y el egoísmo de los codiciosos y los insolidarios. La tarea aún no ha concluido, aún queda mucho por hacer, pero la nación siempre ha sabido enderezar el rumbo y marchar adelante.
Esos valores progresistas de democracia, libertad y justicia son los que celebramos cada Cuatro de Julio.
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de julio de 2018, 5:50 p. m..