EN NUESTRA OPINIÓN: No podemos seguir a la zaga en energía renovable
El presidente Trump impuso en enero unos aranceles a los paneles solares importados. Las consecuencias de su decisión fueron duras: el mes pasado, según publicó la agencia noticiosa Reuters, las empresas norteamericanas de energía renovable cancelaron o congelaron inversiones por más de $2,500 millones en grandes proyectos de instalación. También se perdieron miles de empleos.
Esa pérdida es más del doble de los $1,000 millones en nuevos planes de gastos anunciados por fábricas de paneles solares en Estados Unidos. El proteccionismo comercial ha perjudicado a una industria necesaria para paliar los efectos del cambio climático.
Eso no es todo. Gracias al auge de la industria de los esquistos bituminosos, Estados Unidos podría recibir este año el título de mayor productor mundial de petróleo.
Según dijo la Agencia Internacional de Energía en enero, “este año promete ser un año récord para Estados Unidos”, que tiene el potencial de superar la producción de Arabia Saudita y de Rusia.
Es una buena noticia para las compañías petroleras y otros que quieren seguir quemando combustibles fósiles a expensas del medio ambiente, pero mala para los que nos preocupamos por que un día, en algún momento del futuro no muy lejano, la subida del nivel del mar haga inhabitable el lugar donde vivimos.
Entretanto, otros gobiernos se han tomado en serio el reto de contener las emisiones de gases de efecto invernadero.
El año pasado, China se situó a la cabeza del mundo en inversiones en energía solar, al destinar más de $86,500 millones a la construcción de instalaciones para producir ese tipo de energía limpia, según un informe publicado en abril por el Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente (PNUMA). También se destacaron Australia, con una inversión de $8,500 millones; México, con $6,000 millones, y Suecia, con $3,700 millones.
Toda la energía que consume Islandia es renovable, producida en su mayor parte en plantas geotérmicas. En Noruega, el 98 por ciento de su energía es de fuentes renovables. El sistema ferroviario de Holanda funciona totalmente con energía eólica. Y Costa Rica ha generado el 98.53 por ciento de su electricidad a partir de fuentes renovables –utilizando la energía de sus ríos y volcanes, así como eólica y solar– durante los últimos cuatro años. Todo un ejemplo de que si se quiere, se puede.
Entretanto, en Estados Unidos la energía renovable solo constituyó el 12.2 % del consumo total de energía en el 2016, a pesar de que es el cuarto productor mundial de energía hidroeléctrica.
Todavía estamos muy por debajo del nivel de producción de energía renovable que deberíamos alcanzar para combatir con eficacia el cambio climático. Y en el ámbito mundial, tampoco estamos cerca de declarar el triunfo en esa batalla.
En el 2017, la energía renovable constituyó solamente el 12.1 por ciento de toda la electricidad generada en el planeta, prácticamente la misma proporción que en Estados Unidos. No es suficiente.
Françoise d’Estais, coautora del informe del PNUMA, señaló que los países deben acelerar la generación de energía renovable para alcanzar las metas del Acuerdo de París. Su recomendación debe llamar la atención del presidente Trump, que sigue empeñado en revivir la antigua y contaminadora industria del carbón y en facilitar la producción petrolera, también causante del calentamiento global.
Además de su efecto benéfico para el medio ambiente, el sector de la energía alternativa crea más empleos que el de la energía tradicional. Lo patriótico no es mantener industrias que generan polución, sino invertir en energía limpia para frenar el cambio de clima y salvar nuestras costas, nuestras ciudades, nuestras fuentes de agua y nuestra salud. Estados Unidos lo puede y debe lograr.
Esta historia fue publicada originalmente el 13 de julio de 2018, 7:42 p. m..