EN NUESTRA OPINIÓN: El regalo de despedida de John Boehner
El saliente presidente de la Cámara, el republicano John Boehner, le está dando a su partido —y a la nación— un regalo de despedida al forjar un acuerdo de última hora con el presidente Obama para evitar un cierre inminente del gobierno federal y llevar la paz por dos años a las perennes guerras por el dinero en Washington.
Si no hay cierre, no hay incumplimiento de la deuda del gobierno federal. ¿Qué puede haber de malo en eso?
Pero si uno presta atención a la minoría más conservadora del GOP en la Cámara, cuyos miembros le hicieron la vida imposible a Boehner, hay mucho de malo, sobre todo la manera sigilosa en que se llegó al acuerdo. Quizá tengan algo de razón en eso, pero se les escapa lo principal: no alcanzar un acuerdo para elevar el techo de la deuda y mantener al gobierno funcionando sería un revés para el partido y un desastre para la economía.
Ante el trastorno causado en la Cámara por los activistas conservadores, los republicanos tienen un problema serio: ¿cómo pueden convencer a los votantes de que pueden gobernar la nación si no se pueden gobernar ellos mismos?
Boehner renunció porque no podía seguir soportando el rechazo. Su abrupta decisión, causada por la frustración, y el drama que siguió sobre quién sería su sucesor, mostraron a un partido muy dividido. Otro cierre del gobierno solo confirmaría la creencia de que el partido está atrapado en una batalla ideológica que le impide trazar una agenda nacional.
Ahora Boehner y el gobierno de Obama han llegado a un acuerdo en el cual ambos han cedido (ceder es una acción indispensable para que el gobierno funcione). El trato da a cada parte algo de lo que quiere, pero no todo. Así era como funcionaba el gobierno, cuando el gobierno funcionaba.
El acuerdo eleva los límites de gastos del nivel establecido en unos $80,000 millones en los años fiscales 2016 y 2017, sube el techo de la deuda hasta marzo de 2017 y reabastece el menguado fondo del Seguro por Discapacidad del Seguro Social. Todo esto se costearía con una variedad de recortes en gastos e incrementos de ingresos, reforzando, por ejemplo, el cumplimiento del pago de impuestos.
Negociar un acuerdo en silencio y darle al Congreso unas 48 horas para considerarlo antes de votar no es la manera ideal de hacer las cosas. Pero evita una crisis fiscal en tres frentes —el presupuesto, el techo de la deuda y el Seguro Social— y restaura una apariencia de orden en la Cámara, además de una mayor confianza en la economía.
Boehner descartó las objeciones de la extrema derecha al acuerdo, diciendo que había cumplido su promesa de no dejarle un desastre en la Cámara a su sucesor, el representante Paul Ryan, republicano por Wisconsin. “No quería que llegara a un establo sucio lleno de ya saben qué”, dijo Boehner. “Así que hice lo mejor que pude para limpiarlo”.
La primera reacción de Ryan fue criticar la forma secreta en que se alcanzó el acuerdo. Esa crítica podrá parecerle bien al ala extremista del partido, pero el nuevo speaker debería darle las gracias a Boehner por tener la sabiduría y el coraje de hacer lo correcto.
Arriesgarse a jugar con el cierre del gobierno no ayuda al país. Boehner se marcha dejando un acuerdo importante como sello de un legislador capaz y de un firme servidor público. El presidente Obama lo va a extrañar.
Esta historia fue publicada originalmente el 28 de octubre de 2015, 2:54 p. m. with the headline "EN NUESTRA OPINIÓN: El regalo de despedida de John Boehner."