Editorial

EN NUESTRA OPINIÓN: El saldo de la guerra en Afganistán

Oficiales de seguridad afganos inspeccionan el sitio donde un carro bomba suicida estalló en la entrada de una villa verde extranjera, el miércoles 19 de noviembre de 2014, en Kabul (Afganistán). Un guardia nepalés murió cuando cuatro asaltantes talibanes atacaron la zona a las afueras de Kabul.
Oficiales de seguridad afganos inspeccionan el sitio donde un carro bomba suicida estalló en la entrada de una villa verde extranjera, el miércoles 19 de noviembre de 2014, en Kabul (Afganistán). Un guardia nepalés murió cuando cuatro asaltantes talibanes atacaron la zona a las afueras de Kabul. EFE

La semana pasada, el último general norteamericano que dirigió operaciones de combate en Afganistán bajó oficialmente la bandera para señalar el fin de la misión de la coalición encabezada por Estados Unidos después de 13 años, un suceso que pasó prácticamente ignorado en nuestro país y en gran parte del mundo.

Esta ausencia de celebración refleja el incierto resultado de la intervención militar estadounidense en un país lejano e indomable que generaba más noticias malas que buenas para un público norteamericano cansado de la guerra.

Pero ni la fatiga del público ni la ausencia de un final impecable puede disminuir la contribución y el esfuerzo heroico de los 831,000 militares que estuvieron en Afganistán.

Tampoco se puede olvidar el saldo de la guerra, que dejó 2,356 soldados norteamericanos muertos, casi 20,000 heridos y un costo de unos $550,000 millones. En total, más de 3,400 militares de la OTAN perdieron la vida en Afganistán, incluidos los norteamericanos, y hubo más de 30,000 heridos.

La mejor forma de compensar el dolor y el sacrificio de las familias norteamericanas que perdieron a un ser querido, así como a los soldados que fueron al frente, es mantener el compromiso de la nación con ellos. Los miembros voluntarios de las fuerzas armadas de Estados Unidos no rehuyeron su deber cuando se les pidió que arriesgaran la vida. Su compromiso merece el mismo grado de compromiso de la nación a la que defendieron luchando.

Una medida del daño sufrido por los norteamericanos que respondieron al llamado del deber después del 9/11 es que hasta el año pasado a unos 700,000 veteranos de los más de 2.5 millones que sirvieron en Irak y Afganistán se les considera discapacitados.

Esa cifra aumentará con los años, y una de las lecciones de la guerra es que los costos no se detienen cuando los combates paran. Y en este caso, los combates no han terminado del todo. El presidente Obama ha autorizado el uso de tropas de combate para la misión limitada de perseguir a líderes de Al Qaida y del Talibán que siguen siendo una amenaza. Unos 10,800 soldados norteamericanos quedarán en Afganistán el año próximo. La presencia de estos soldados, y la retirada lenta pero inexorable ha dado pie a cuestionar si este fue el momento correcto de retirarse.

“No sé si soy pesimista u optimista”, dijo el general Joseph Anderson, el comandante que dirige la retirada en Afganistán.

El nuevo gobierno dirigido por el presidente Ashraf Ghani ha formado una asociación con sus rivales políticos, al menos por el momento, y Ghani ha prometido conceder ascensos en las fuerzas armadas basados en el mérito. La transición de un gobierno electo a otro es un hito histórico.

Pero los ataques del Talibán han aumentado, las bajas en el ejército afgano han sido más de 5,000 este año, y varios grupos de ayuda internacional se están retirando.

La guerra no se ha perdido, pero tampoco se ha ganado. El gobierno de Ghani merece el apoyo norteamericano, pero ahora la defensa de Afganistán le corresponde a los afganos.

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