Editorial

EN NUESTRA OPINIÓN: Contra la violencia inaceptable

Policías patrullan la escena de Tompkins y la avenida Myrtle, en Brooklyn, donde dos policías de Nueva York fueron baleados. Los uniformados murieron por las heridas. El tirador escapó hasta una estación cercana del tren subterráneo, donde se suicidó de un tiro, según reportes oficiales.
Policías patrullan la escena de Tompkins y la avenida Myrtle, en Brooklyn, donde dos policías de Nueva York fueron baleados. Los uniformados murieron por las heridas. El tirador escapó hasta una estación cercana del tren subterráneo, donde se suicidó de un tiro, según reportes oficiales. EFE

El asesinato de dos policías de Nueva York este fin de semana, a manos de un hombre enloquecido, estremeció a la nación.

Ismaaiyl Brinsley, un afroamericano de 28 años de edad, con antecedentes criminales y problemas psiquiátricos, ultimó a balazos a los policías Wenjian Liu, de 32 años y recién casado, y Rafael Ramos, de 40 años, en el distrito neoyorquino de Brooklyn, y después se suicidó. Ambos agentes estaban en su auto policial, frente a un conjunto de viviendas para personas de bajos ingresos, cuando el asesino se acercó sin que lo vieran y les disparó a sangre fría.

En mensajes colocados en la red Instagram, Brinsley había anunciado sus intenciones como un acto de venganza por la muerte de dos afroamericanos a manos de la policía este año: Michael Brown, abatido por un agente en Ferguson, Missouri, y Eric Garner, que murió en Nueva York cuando un policía le aplicó una llave de estrangulamiento con su bastón. Los dos casos —y otros más, como el de un niño negro de 12 años que exhibió una pistola de juguete en un parque de Cleveland y fue muerto a balazos por la policía— han sido calificados por muchos de crímenes racistas y han causado protestas multitudinarias en muchas ciudades de la nación, incluida Miami.

Salvo algunos incidentes, como la quema de negocios y daños a la propiedad pública en Ferguson y Oakland, California, las manifestaciones han sido por lo general pacíficas. Incluso los familiares de los afroamericanos muertos por la policía han pedido en reiteradas ocasiones que se mantenga la paz y han señalado que la violencia no es el camino.

Los familiares de Brown y de Garner dijeron que el asesinato de los dos policías neoyorquinos era “inaceptable” y rechazaron toda forma de violencia contra la policía. Y la noche del sábado, el presidente Barack Obama condenó “incondicionalmente” el doble asesinato y pidió a los estadounidenses “rechazar la violencia y las palabras que lastiman”.

Las autoridades deben redoblar la vigilancia, sobre todo de individuos con antecedentes criminales y problemas mentales como Brinsley, cuya locura llega al extremo de anunciar sus intenciones en los medios sociales.

Al mismo tiempo, debemos reconocer que en la nación subsisten rezagos del racismo que hasta principios de la década de 1960 fue institucional, y que es preciso erradicar esa aberración. La Declaración de Independencia lo establece claramente: “todos los hombres son creados iguales”. Estados Unidos es un mosaico racial y étnico, y la vida de todo individuo es sagrada, sea cual sea el color de su piel, su condición económica o el idioma que habla. Cuando todos aceptemos ese principio, el racismo y la crispación que genera serán definitivamente una afrenta del pasado.

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