Editorial

EN NUESTRA OPINIÓN: Un infierno tras las rejas

Las reclusas en la penitenciaría de Lowell, en Ocala, violaron la ley y por lo tanto merecían un castigo.

Pero después de leer el artículo Un infierno en la Florida [el Nuevo Herald, 13 de diciembre], de la reportera investigativa Julie K. Brown y la fotoperiodista Emily Michot, que entrevistaron a ex reclusas de la prisión de Lowell, la mayor cárcel de mujeres del país, el castigo parece más que una pena: es una tortura. Guardias del Departamento de Prisiones de la Florida (FDC) presuntamente abusan de las reclusas sexualmente, físicamente y sicológicamente, y las deshumanizan a su antojo.

Si eso es así, hay que detener los abusos de inmediato.

Julie Jones, secretaria del FDC, dijo que Lowell era un lugar muy mal administrado. Despidió al alcaide anterior, contrató a más de 100 guardias nuevos y cambió el reglamento para exigirles más responsabilidad.

La nueva alcaidesa, Angela Gordon, dice que las reclusas suelen mentir y exagerar los abusos. Pero Ric Ridgway, asistente de la Fiscalía Estatal del condado Marion, señaló que las presas a veces mienten, pero que eso no quiere decir que mientan siempre.

Los problemas en la prisión no son nuevos. Después de varios escándalos, el sistema de prisiones del estado se mejoró en la década de 1970, pero volvió a deteriorarse bajo el mandato de los tres últimos gobernadores, que prefirieron encerrar a los reclusos en vez de tratar de rehabilitar a los más capaces.

Y luego, la recesión causó reducciones presupuestarias que afectaron el funcionamiento del sistema. Por ejemplo, los guardias no han recibido un aumento de salario en ocho años.

Hoy, Lowell está recogiendo los frutos envenenados de los recortes del presupuesto, la negligencia y la ausencia de rendición de cuentas. La prisión encierra a 2,696 reclusas en un extenso laberinto de edificios grises y monótonos, sin aire acondicionado, y es un nido de corrupción, tormentos y abuso sexual.

Los documentos muestran que las reclusas se han quejado de que los guardias las llaman prostitutas y otros epítetos insultantes, las obligan a enseñar sus senos y a rogar por que les den papel higiénico, jabón y toallitas sanitarias. Y denuncian que los guardias usan su posición de poder y las fuerzan a tener relaciones sexuales. Denuncias presentadas entre el 2011 y mayo de este año afirman que se sostienen relaciones sexuales en baños, clósets, la lavandería y en las estaciones de los guardias. Algunos hombres entran en los dormitorios en medio de la noche, relatan las reclusas, y las llevan a lugares apartados.

Muchas mujeres lo aceptan porque piensan que no tienen otra opción; otras dicen que es un asunto de supervivencia y que pueden obtener cigarrillos, drogas y dinero. “Es como un león con un grupo de gacelas”, dijo una ex reclusa.

Y también es violación, es un crimen y es inaceptable.

La alcaidesa Gordon afirma que la prisión no es un infierno. ¿Pero entonces esos relatos son ficción? Y Ridgway, de la Fiscalía Estatal, dijo que no tiene suficiente personal para investigar lo que sucede en Lowell.

Sin embargo, Ridgway también afirmó que en la prisión “pasan cosas que son claramente ilegales y no deberían ocurrir”.

El Departamento de Prisiones y las autoridades de la Florida deben entrar en acción para que no ocurran más delitos en la prisión. Y si no lo hacen, entonces el Departamento de Justicia federal debe tomar cartas en el asunto. Lowell debe ser una prisión, no un infierno.

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