EN NUESTRA OPINIÓN: La gran vida y la Policía de Bal Harbour
Una preocupación constante abruma y quebranta a nuestras comunidades del Sur de la Florida: la función de la institución policial como ente promotor de seguridad ciudadana para garantizar la infalibilidad que cada habitante siente sobre el respeto a sus derechos, las libertades y el orden público.
Dichas garantías se rigen por los principios de la legalidad, la jurisprudencia, el profesionalismo y la rectitud, asignaturas pendientes para la Policía de Bal Harbour, tras plantearse en su seno excesos de una codicia desenfrenada.
El rostro de la suntuosa villa balneario se ha deslustrado este año como consecuencia del escándalo por abusos asomados en las filas de su fuerza policial. El Departamento de Justicia de Estados Unidos investiga la suma millonaria en ganancias retenida por agentes de un cuerpo especial ya extinto que convirtieron la carnada de una operación encubierta internacional con miras a desmantelar bandas criminales en una empresa de dinero en efectivo. Para mayor escarnio, el caso adquiere una nueva dimensión: la turbia conexión con Venezuela, uno de los principales centros de trasiego de cocaína en las Américas donde la corrupción hoy es casi tan habitual como la respiración.
Con la excelencia que los distingue, los periodistas Michael Sallah y Antonio María Delgado publicaron un reportaje dominical en el Miami Herald y el Nuevo Herald que pone de relieve la alegada canalización de enormes sumas de divisas procedentes de operaciones de narcotráfico a cuentas bancarias de ciudadanos venezolanos, entre estos William Amaro Sánchez, figura prominente del chavismo y actual secretario privado del gobernante Nicolás Maduro.
La policía municipal no solo incumplió los mecanismos establecidos por las leyes federales para estos procedimientos, tras negociar los acuerdos para el blanqueo de capitales a espaldas de la DEA. Peor aún, se ha perdido la oportunidad para permear el círculo íntimo del atribulado mandatario venezolano e investigar con mayor precisión la complicidad de sus allegados en esta modalidad de gestiones ilícitas.
Es insólito, irracional. Por un lado, algunos agentes se dieron la gran vida al operar un sistema de lavar activos alojándose en hoteles de lujo y disfrutando, indebidamente, de otros encarecidos caprichos. Y ahora la acusación de aquella conducta perjudicial se transforma en algo peor, pues toda suerte de interrogantes e ilegalidades súbitamente la intensifican al extenderse hacia Venezuela. ¿Quién dio a la Policía de Bal Harbour vela en este entierro? No hubo supervisión de la Fiscalía ni se consumó ningún arresto a fin de cuentas.
Justo cuando Estados Unidos sigue la pista a líderes del gobierno venezolano cuyas manos están enfangadas por el narcotráfico, esta intervención errada demanda una evaluación que comprenda en su integridad el contexto de su actuación. Si en verdad se cometieron crímenes, los culpables no deberían quedar impunes solo por portar una chapa sobre el pectoral, pues la conciencia pública se desmoralizaría.
Creer la policía que está por encima de la ley, ante todo pone en juego la seguridad pública, el bienestar de las comunidades y la confianza que la ciudadanía deposita en los responsables de ejercer su cumplimiento con una mística de servicio –y comprometidos con el entorno global.
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de diciembre de 2015, 3:00 p. m. with the headline "EN NUESTRA OPINIÓN: La gran vida y la Policía de Bal Harbour."