EN NUESTRA OPINIÓN: Un juez para el Tribunal Supremo
El presidente Obama eligió esta semana al juez Merrick Garland para llenar la vacante en el Tribunal Supremo que dejó el fallecimiento del magistrado Antonin Scalia. En cualquier otro año, la nominación del juez Garland habría ganado rápidamente la aprobación del Senado.
Garland es un juez del tribunal de apelaciones con una trayectoria muy admirada y un historial de apoyo bipartidista. A lo largo de los años, los republicanos han elogiado su trabajo y su capacidad para ejercer su cargo.
El respaldo se basa en una hoja de vida formidable: abogado de alto rango del Departamento de Justicia; supervisor de los equipos judiciales que procesaron a Timothy McVeigh por el atentado en Oklahoma City y al Unabomber; y un historial estelar en los tribunales, donde se ha ganado una reputación de moderado.
Su cargo actual es uno de los más prominentes en los tribunales federales: juez principal del Tribunal de Apelaciones del Circuito Federal para el Distrito de Columbia. En resumen, ha tenido una carrera judicial extraordinaria y distinguida, que lo hace merecedor de un puesto en el más alto tribunal de la nación.
Lamentablemente, un magnífico historial y todas las cualificaciones del mundo no son suficientes frente a la política partidista en medio de las volcánicas elecciones del 2016. El líder de la mayoría del Senado, Mitch McConnell, y sus aliados del GOP piensan que los votantes no los castigarán por poner la conveniencia política por encima del deber constitucional.
Los colegas republicanos de McConnell han prometido rechazar al juez Garland —o a cualquier otro nombrado por Obama— y no concederle una reunión, por no decir una audiencia y una votación. A manera de explicación, ofrecen una razón evidentemente política para su rechazo: llenar una vacante en el Tribunal Supremo, dicen, es demasiado importante para considerarlo en un año de elecciones.
Si se sigue esa lógica, nada más se puede lograr en un año de elecciones, independientemente de lo que diga la Constitución sobre el mandato y los poderes del presidente y los deberes y las responsabilidades del Senado. Es una posición ridícula, absurda y sin precedentes.
El Senado ha rechazado con frecuencia a los nominados para el Tribunal Supremo. A Richard Nixon no le aceptaron dos nominados seguidos en su primer período. Pero negarse incluso a escuchar al nominado equivale a un desaire que afecta la dignidad del Senado.
¿Qué pueden temer de esas audiencias? Que el juez Garland muestre sus méritos a toda la nación?
Al escoger al juez Garland, el presidente Obama aceptó el reto planteado por el senador republicano Orrin Hatch, de Utah, que fue presidente del Comité Judicial, y quien solo hace unos días dijo que él sería una opción ideal: “El presidente me dijo varias veces que va a nombrar a un moderado, pero no le creo”, dijo el senador, y agregó que el presidente “podría nombrar a Merrick Garland, que es una persona excelente”.
Pues bien, senador Hatch, el presidente hizo lo que dijo que iba a hacer. Y ahora les toca a los senadores hacer su trabajo.
Esta historia fue publicada originalmente el 17 de marzo de 2016, 2:34 p. m. with the headline "EN NUESTRA OPINIÓN: Un juez para el Tribunal Supremo."