EN NUESTRA OPINIÓN: El futuro de Colombia en las manos de sus ciudadanos
Esta semana marca el inicio de lo que puede convertirse en un alto el fuego permanente con la insurgencia que más tiempo ha durado en América Latina. Al cabo de 52 años de contienda, el gobierno de Colombia y las guerrillas de izquierda han llegado a un acuerdo de paz tras cuatro años de negociaciones.
Una paz duradera sería un logro histórico para Colombia. Pero nadie debe subestimar un alcance histórico mayor:
Un acuerdo de paz señala el fin de una era penosa y destructiva para toda la región.
Irónicamente, cuando no absurdamente, las conversaciones de paz se celebraron en La Habana bajo los auspicios de los hermanos Castro, cuya toma del poder en 1959 encendió las llamas de la revolución en América Latina durante el resto del siglo XX.
Gracias a Fidel y a su hermano Raúl, su ministro de Defensa, cercano confidente y obediente matón, Colombia y prácticamente todos los países de América Central y del Sur, así como otros lugares como Granada, se vieron envueltos por la violencia revolucionaria en algún momento después de 1959. Los hermanos Castro hicieron todo lo posible por echar más leña al fuego.
Las condiciones en la región les facilitaron la tarea. La democracia, donde existía, era imperfecta y débil. Pero el comunismo no fue el remedio. Con el tiempo, el pueblo de América Latina entendió que la revolución violenta no ofrecía mucho más que caos y miseria.
El “modelo” cubano solo garantizaba un despotismo implacable y la dependencia económica del estado. En Venezuela, el único país grande donde un acólito de Castro logró alcanzar el poder, lo que fue una democracia próspera se ha convertido en un desastre económico, agravado por la corrupción política y la violencia criminal.
Al desaparecer la Unión Soviética, Cuba quedó sin medios para apoyar la revolución en la región, y de pronto las llamas se extinguieron. Colombia fue una gran excepción porque las guerrillas de las FARC, respaldadas por Castro, acudieron al narcotráfico para financiar su guerra.
Pero al hacer eso, renunciaron a cualquier afirmación política que pudieron haber hecho de que luchaban por los desposeídos de Colombia. Hace tiempo que es obvio que los guerrilleros colombianos eran criminales vinculados a las drogas, y que no creían en la democracia mientras combatían a un gobierno popular y cada vez más seguro, al que no podían derrotar.
Sin embargo, queda un obstáculo que podría ser formidable. El presidente Juan Manuel Santos, arquitecto de la estrategia de paz y ex ministro de Defensa, debe persuadir a los colombianos para que aprueben el acuerdo en un plebiscito este otoño y asegurarles que lograrán paz y justicia.
Algunas encuestas indican que la mayoría de los colombianos votará a favor. Pero el respetado ex presidente Álvaro Uribe, un enemigo declarado de los insurgentes, está realizando una campaña contra la aprobación, basándose mayormente en la prometida amnistía a los guerrilleros, que según él deben ser tratados como criminales de guerra.
El acuerdo también deja escaños en el Congreso para ex guerrilleros. Algunos temen que los ex insurgentes usarán las ganancias ilícitas del narcotráfico para conseguir el control político de Colombia.
La guerra ha reclamado 220,000 vidas y ha desplazado a millones de personas. Nadie que no haya vivido en Colombia en el último medio siglo debe decirles a los colombianos cómo votar. Las dos opciones tienen riesgos. Pero sin duda deben considerar lo que es mejor para el futuro de Colombia, y qué debe quedar para la dolorosa historia del país.
Esta historia fue publicada originalmente el 30 de agosto de 2016 a las 3:34 p. m. con el titular "EN NUESTRA OPINIÓN: El futuro de Colombia en las manos de sus ciudadanos."