Donald Trump en México, el mismo de siempre
Si la breve visita de Donald Trump a México indica lo que los norteamericanos pueden esperar de una presidencia de Trump, si es electo entraremos en una era de desastrosas y confusas relaciones internacionales.
Para el presidente mexicano Enrique Peña Nieto, que inesperadamente irrumpió en la campaña presidencial de Estados Unidos al extender la invitación, el evento fue un fracaso vergonzoso. Los mexicanos esperaban que su líder exigiera una disculpa al hombre a quien una vez comparó con Hitler y Mussolini por decir que México usa a Estados Unidos como el vertedero de violadores y otros criminales, y además por ofender a los inmigrantes mexicanos.
“Los mexicanos, lógicamente, estamos muy enojados con Trump”, escribió Jorge Castañeda, ex ministro de Relaciones Exteriores de México. “Es un personaje detestado en México”.
Pero el presidente mexicano se convirtió sin quererlo en parte de la campaña de Trump, haciendo el papel de buen anfitrión y utilizando el lenguaje cortés de la diplomacia mientras defendía a su pueblo como un pueblo trabajador y respetuoso de la ley. Su visitante le siguió el juego, sin ceder ni cambiar sus puntos de vista radicales sobre la inmigración, feliz de callarse con tal de conseguir una buena foto.
Horas más tarde, el candidato presidencial republicano repitió sus severos planes sobre la inmigración en un discurso en Phoenix.
Pidió el fin de las ciudades santuario, creando una fuerza especial de deportación y manteniendo una política de “cero tolerancia frente a los indocumentados criminales”. Cero amnistía. Y de nuevo insistió en que México pagaría el propuesto muro que quiere construir en la frontera meridional de Estados Unidos, que México pagaría el 100 por ciento del costo del muro.
Esas declaraciones causaron una fuerte respuesta del presidente de México en los medios sociales. Peña Nieto dijo que abrió su reunión privada declarando que México nunca pagaría por el muro. Trump, en una breve conferencia de prensa después de la conversación a puerta cerrada, dijo que el tema de quién pagaría nunca salió a colación.
Poco importa quién está diciendo la verdad. El evento fue una parodia de diplomacia, un acto político concebido por el presidente Peña Nieto y aceptado enseguida por el histriónico candidato norteamericano.
Esos viajes suelen tardar semanas en planearse y prepararse, y nada se deja al azar. Este fue coordinado a toda velocidad y terminó en una confusión. No se logró nada.
Este extraño episodio no se puede entender fuera del contexto de la política mexicana. La popularidad de Peña Nieto ronda el 20 por ciento, una cifra muy baja para cualquier presidente de México. Pensó que el evento lo haría lucir bien, como un estadista. Se equivocó. El tiro le salió por la culata. De todos los rincones del país le llovieron críticas.
Entretanto, para sus seguidores, Trump apareció fuerte. Pensaron que había entrado en el refugio del león y había salido ileso, pero algunos de sus partidarios hispanos le quitaron su apoyo, disgustados por la renovación de su línea dura hacia la inmigración.
La reunión dejó algo bien claro: no hay un “nuevo Trump”, por lo menos en el tema de la inmigración. Y probablemente tampoco en otros temas.
No está suavizando sus opiniones, adoptando una postura más presidencial, moderando su tono ni estudiando cómo se comportan los presidentes y cómo se trazan las políticas. Alejará a vecinos y aliados por igual. Mantiene su desinterés en los intricados pormenores de la política y en los detalles de la diplomacia.
En el escenario internacional, como en la política interna, sigue siendo un agente del caos.
Esta historia fue publicada originalmente el 2 de septiembre de 2016, 10:36 a. m. with the headline "Donald Trump en México, el mismo de siempre."