El umbral de un mundo peor
Objetivamente, la Torre de la Libertad, que se alza en el mismo lugar donde una vez estuvieron las Torres Gemelas del Centro Mundial del Comercio, es una construcción más hermosa que sus antecesoras y ya puede decirse que se ha integrado al paisaje urbano de Nueva York, como remate de su siempre impresionante skyline. La imagen de Manhattan ha incorporado sin dificultad este nuevo emblema de su triunfo y de su carácter al que los más jóvenes admiran sin comparaciones ni traumas.
No obstante, la Torre de la Libertad y todo el conjunto de edificaciones de su entorno, incluido el magnífico Oculus de Calatrava (estación de trenes y centro comercial, que parece a punto de levantar el vuelo al pie de la torre) crecen sobre una profunda cicatriz que está presente en el museo que existe en el lugar, pero también en la psique de todos los que fuimos testigos del mayor atentado terrorista de la historia —con un saldo de casi 3,000 muertos— del que este domingo se cumplen quince años.
¡Quince años! Los chicos que ingresan en la universidad este curso y que entonces eran niños pequeños no pueden acordarse; sin embargo, para todos los que presenciamos las pavorosas escenas del desplome de las torres y que durante muchos días vivimos en la atmósfera de un gigantesco crematorio el recuerdo sigue teniendo una enorme vigencia. Para los que vivimos la catástrofe, lo asombroso es la celeridad con que ha pasado el tiempo, estos años en los que tantas cosas han ocurrido y cambiado en el mundo y a las cuales aquel aciago 11 de septiembre le ha servido de prólogo.
Las grandes tragedias tienen posteridad asegurada en la memoria colectiva de quienes las vivieron. Durante muchos años —hasta que todos los contemporáneos desaparecieron— a la gente, sobre todo en Europa, solían preguntarle dónde estaba o qué hacía cuando asesinaron al archiduque Francisco Fernando en Sarajevo. Las balas que ultimaron al heredero de la corona austrohúngara y a su mujer marcaron un antes y un después en la historia del mundo, como habría de hacerlo una generación más tarde la invasión de Polonia por los nazis y la agresión japonesa a Pearl Harbor. El asesinato del presidente John F. Kennedy, el 22 de noviembre de 1963, no dio lugar a una guerra, pero tuvo una honda repercusión mundial y tanto como para que todos los que ya andábamos por el mundo entonces con suficiente uso de razón no hayamos olvidado lo que hacíamos o donde estábamos en el momento en que supimos la noticia del magnicidio.
El derribo de las Torres Gemelas es un indudable punto de inflexión de la historia contemporánea: da lugar, casi inmediatamente, a la guerra de Afganistán y luego a la de Irak; limita con enormes restricciones nuestras libertades, al tiempo que aumenta casi exponencialmente el poder de las agencias que garantizan nuestra seguridad; se acrecienta el mutuo recelo entre Occidente y el mundo musulmán (por mucho que se esfuercen en desmentirlo), un recelo que todos los conflictos y atentados que vinieron después no han hecho más que intensificar.
Aunque desaparecidas del paisaje urbano de Nueva York desde hace quince años, y suplantadas por una nueva edificación mucho más bella, seguimos estando a la sombra de las Torres Gemelas del WTC o, más exactamente, de la gigantesca columna de humo y polvo que se levantó cuando aquellas se desplomaron para dar paso a una nueva era de violencia y control, de incertidumbre y miedo que los enemigos de nuestra civilización quisieron y lograron imponernos.
Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.
©Echerri 2016
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de septiembre de 2016, 3:37 p. m. with the headline "El umbral de un mundo peor."