¡Sorpresa! El próximo presidente es Trump
El triunfo de Donald Trump ha sorprendido al mundo. Los periódicos europeos de la mañana de ayer eran casi unánimes en destacar su asombro. En América Latina, al asombro se sumaba la crispación, sobre todo en México, que tiene al próximo presidente de Estados Unidos por enemigo personal. Aquí tampoco ha dejado de sorprender una victoria que parecía improbable. Estoy seguro de que muchos de los que votaron por Trump, entusiasmados por sus bravuconadas —por atreverse a decir las cosas que tantos sufren en silencio: la fuga de empleos, la inmigración irrestricta, la delincuencia importada, etc.— también se cuentan entre los sorprendidos.
El norteamericano básico —blanco, de origen europeo, de clase media o clase obrera, sobre cuyas espaldas se levantó el país— ha querido afirmar su protagonismo y lo ha hecho votando por el hombre que, desde la opulencia, arremete contra la élite a la que él mismo pertenece y se erige en campeón de una enorme multitud que, por no ser negra, ni latina, ni inmigrante de primera o segunda generación ni perteneciente a ninguna minoría discriminada, se siente marginada o desfavorecida. Trump detectó con olfato de empresario esa extensa veta de descontento y decidió explotarla. Los resultados son los de la noche electoral que nos han dejado atónitos.
En el campo de Hillary Clinton pasaron en pocas horas del triunfalismo a la consternación. El aparato propagandístico demócrata, respaldado por toda la gran prensa que le es afín —y otros órganos que se le sumaron espantados ante la posibilidad de que un outsider inexperto se alzara con la presidencia— pensaron, casi hasta el último momento, que derrotar a Trump era cosa hecha y hasta hubo analistas que le recomendaban a Clinton que no fuera a tratar al magnate neoyorquino con condescendencia ni haciendo demasiado alarde de sus saberes. Trump era una suerte de muchacho malcriado que se había saltado las vallas y estaba jugando a torear, pero no había mucho de qué preocuparse, ya los toros darían buena cuenta de su atrevimiento.
Esta desdeñosa confianza se mantuvo casi hasta el final, mucho después de que el candidato desbancara a todos los otros aspirantes republicanos. Algunos empezaron a entender que esa actitud desmañada y grotesca de Trump y los dislates que decía y que tanto podían escandalizar o molestar no eran percibidos por sus potenciales electores como defectos, sino precisamente como algunas de las virtudes que le hacían elegible. Como en un supremo acto de prestidigitación, el multimillonario se convertía en la voz y en el rostro del más común e inadvertido de los norteamericanos: el hombre blanco, profesional u obrero, laborioso y decente, a quien el establishment, de cualquier partido, acostumbraba a dar por sentado, casi como el paisaje, en tanto se halagaba y se prebendaba a todos los otros grupos con color.
Hay que reconocerle a Donald Trump el talento político, pese a su inexperiencia, para haber percibido este gigantesco segmento de la población y haberse convertido en el enfático portavoz de sus reivindicaciones y su cólera mediante una agenda, ciertamente improvisada, pero que iba tocando todas las turbias razones de un enorme disgusto.
Queda por ver ahora si el presidente Trump será capaz de satisfacer las expectativas y las demandas de la masa que lo lleva al poder. Esperemos que, como ha prometido, reedifique la arruinada infraestructura de este país y que, al hacerlo, genere millones de empleos; esperemos que estimule las empresas para que no emigren y que robustezca las Fuerzas Armadas; pero esperemos también que no pretenda distanciarnos del resto del mundo ni quiera eludir las grandes responsabilidades que la nación ha contraído y que son parte de esa grandeza que él tanto insiste en la necesidad de recobrar.
Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.
©Echerri 2016
Esta historia fue publicada originalmente el 9 de noviembre de 2016, 3:07 p. m. with the headline "¡Sorpresa! El próximo presidente es Trump."