¿Hay razón para las protestas por la victoria de Trump?
De acuerdo. Donald Trump dice muchas cosas que merecen una protesta. Sospecho que dirá muchas más. A mí, en lo personal, las protestas me gustan. Consecuencia, sin duda, de haberme criado bajo el comunismo, con una mordaza en la boca y una venda en los ojos.
Cada quien y cada grupo tiene su realidad. En democracia, la protesta desemboca en diálogo. Un escándalo resuelto en la negociación. La excepcionalidad reflejada en el contrato social. Por eso, cuando alguien protesta conviene afinar el oído y despejar la mirada. Porque así se construye una sociedad moderna. Porque así la marginalidad se integra a la ciudadanía.
La protesta, sin embargo, se legitima en la razón. Y yo no veo razón en las protestas contra la victoria de Trump. Menos aún las protestas con banderas palestinas, consignas de Lenin, camisetas del Che y banderas de la extinta Unión Soviética. Para empezar, la candidata demócrata, Hillary Clinton, admitió la derrota. De manera tan elegante como rotunda, Clinton no llamó a sus seguidores a tomar las calles, sino que pidió para el vencedor los privilegios de “una oportunidad para gobernar y una mente abierta”. Asimismo el presidente Barack Obama y hasta el senador Bernie Sanders.
Trump no sólo encarna una victoria política. Es un movimiento de restauración social y cultural. Nos guste o no. Ganó contra el Partido Demócrata, contra el Partido Republicano, contra el establishment de las minorías, contra la prensa liberal y la prensa conservadora. Contra Wall Street. Contra Lady Gaga y Noam Chomsky. Contra Anderson Cooper. Contra Michael Moore. Contra Alicia Machado y contra Vicente Fox. Y ganó estrepitosamente.
El criterio de que esos votantes republicanos son racistas, ignorantes, misóginos, en fin, la hez de la tierra, rebasa el límite de la mezquindad establecido en el discurso civil de la nación. (Un límite, por cierto, que no le hemos dejado romper impunemente a Trump). Eso sí, confirma por oposición acaso el más importante elemento de estas elecciones, en palabras de Arthur C. Brooks: “La promesa de restaurar con el trabajo duro la dignidad de millones de norteamericanos abandonados por la izquierda, trayendo de vuelta sus perdidos empleos y contraatacando a las elites culturales que los despreciaron”.
Durante año y medio estuvimos descalificando a Trump. Nos reímos de su peinado. Del acento eslávico de su mujer. De sus partidarios. No había día en que CNN, Univisión, The New York Times, las comedias de la medianoche y los tabloides de la mañana, dejaran de igualar sus más leves deslices a sus mayores faltas. Mientras a Clinton, uno de los candidatos presidenciales más corruptos de la historia norteamericana y el único bajo sospecha de haber comprometido la seguridad nacional, se le aplaudía vivir por encima de la ley.
Hoy, el decente apego a los hechos nos convoca a la reflexión. Lo más sano y patriótico, pues, será que empecemos a preguntarnos por qué. A ver cómo la gente recobra la confianza en una prensa que descendió a un desfachatado activismo de izquierda. A ver cómo las minorías perseveran en sus derechos con plataformas que no vayan contra el grano de la identidad nacional. A quitarnos de arriba el totalitario filtro de la corrección política, que iguala a la persona en la mediocridad y no en el mérito, criminaliza a priori todo pensamiento conservador y desacredita los valores tradicionales que ponen de manifiesto sus oportunistas y excluyentes construcciones.
Me decías que Trump sería el principio de una larga noche. Habrá que mantener la vigilia. Sin perderle un paso. Pero siempre con una mente abierta. En caso, digamos, que sea un despertar.
Esta historia fue publicada originalmente el 17 de noviembre de 2016, 1:03 p. m. with the headline "¿Hay razón para las protestas por la victoria de Trump?."