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Fidel Castro probó que dentro de la maldad no existe la amistad

Fidel Castro y el periodista José Pardo Llada. Castro no dudó en eliminar a quienes fueron sus aliados cuando hicieron amago de criticarlo.
Fidel Castro y el periodista José Pardo Llada. Castro no dudó en eliminar a quienes fueron sus aliados cuando hicieron amago de criticarlo.

No hay mal que dure cien años. Fidel Castro casi lo logra. Los cuerpos que se le resistieron quedaron desangrados a lo largo del camino: 5,600 fusilados, decenas de miles de ahogados en el mar algunos forzados al fondo por las fuerzas del mal, como en el caso de las victimas del Remolcador 13 de marzo, otros tristemente desaparecidos en la peligrosa travesía que tantos siguen intentando.

Lo cierto es que como le dijimos al dictador hace casi tres décadas los cubanos somos un solo pueblo dividido por un solo hombre. Ese hombre ha muerto por fin. Para seguir adelante, más que enterrarlo, hay que exorcizarlo, algo que no es fácil porque nos ha marcado profundamente a todos.

A mí me marco desde que nací. Resulta que en su época de estudiante agitador, Fidel iba a almorzar a la casa de mi padre, José Pardo Llada, casi todos los días. No solo para “pegar la gorra” sino para robarse uno que otro libro. En una de estas ocasiones, mi madre presentó dolores de parto y fue Fidel quien la llevó a la clínica Miramar, donde nací.

Mi padre y Fidel fueron amigos desde su epoca universitaria, hombres brillantes e inquietos que conversaban hasta altas horas de la noche y leían vorazmente. Mi padre, como tantos otros, creyó en la Revolución y arriesgó su vida por ella. Aunque no sabía empuñar un arma se unió a Fidel en la lucha armada en la Sierra Maestra. Sus relatos sobre la crueldad de Fidel en esa época guerrillera son espeluznantes. Después del triunfo de la revolución mi padre se convirtió de facto en su vocero. Fue él quien le presentó a Fidel a Nikita Khrushchev en Naciones Unidas durante su histórica visita a Nueva York. Irónicamente, fue allí donde Fidel vendió la revolución al comunismo a cambio de petróleo.

Al comprobar que la revolución había sido traicionada, en 1961 mi padre marchó al exilio en México. Hasta allí Fidel le mandó a un gran amigo con instrucciones de matar a mi padre y luego echarle la culpa a la CIA. Afortunadamente nunca llegaron a encontrarse. Esa fue mi primera gran lección sobre Fidel. Dentro de la maldad no existe la amistad, la persecución de los comunistas es implacable y permanente.

Como periodista pude ver muy de cerca la estela de sufrimiento causada por un solo hombre. Los 125,000 cubanos que llegaron aquí en 1980 en el éxodo del Mariel fueron prueba fehaciente y doliente del fracaso de la revolución. Llegaban magullados, heridos y mordidos por perros luego de soportar bochornosos actos de repudio. Cubano contra cubano... Gracias, Fidel.

La imagen que nunca olvidaré ocurrió en el éxodo de los balseros en los años 1990: la de una niña de tres años rescatada de una balsa en la que viajaba sola. La conocí en Guantánamo. Se llamaba Esperanza y tenía el pelito rojizo y unos ojos inmensos. Me contaron que antes de sucumbir al mar su padre logró enroscar su reloj en el brazo de la niñita para que pudieran identificarla. No hay palabras para describir esa tragedia. Multiplíquenla por miles.

A principios de los años 1990 logré entrevistar a Fidel en Guadalajara, México. Fue como entrevistar a Darth Vader. Sentí que me sacaba el aire del cuerpo. En esa época, luego de la caída de la Unión Soviética y en el umbral del Período Especial y la Opción Cero, Fidel seguía implacable en su maldad. En esa entrevista entendí claramente que nunca cambiaría porque en su mente enferma confirmó ser el único que tenía el monopolio del amor a Cuba.

Su hermano Raúl y sus secuaces siguen aferrados a ese monopolio. Como me dijo mi amigo el abogado e historiador Pedro Roig: “Están atrincherados en el fracaso”.

Lo único que ha cambiado esta semana es lo que ha ocurrido en nuestros corazones. Aunque no me alegra la muerte de ningún ser humano entiendo y justifico las celebraciones en Miami. Después de casi cien años de maldad hacía falta una catarsis.

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de diciembre de 2016, 2:15 p. m. with the headline "Fidel Castro probó que dentro de la maldad no existe la amistad."

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