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Castro y los artistas en su funeral, estudio en vivo de la abyección

Guardia de honor frente a la tumba del ex gobernante cubano Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba, el 4 de diciembre.
Guardia de honor frente a la tumba del ex gobernante cubano Fidel Castro en el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba, el 4 de diciembre. Bloomberg

Alguien lo verá como casualidad. Para muchos fue un acto de justicia poética. El batimóvil (la batea con ruedas) que transportaba las supuestas cenizas de Fidel se quedó varado a las puertas de Santiago de Cuba. Ante los ojos del mundo, la guardia echó pie en tierra para empujar cuesta arriba dos toneladas de obsoleta tecnología soviética y 20 minutos de ridículo. No pudo haber mejor metáfora de cierre para una dictadura que en 60 años hizo de los fósforos un artículo de lujo y de la carne un artículo de fe.

Como observó Enrique del Risco, se puede decir cualquier cosa menos que no tuvo el entierro que se merecía. La misma idea de la invertida caravana hasta Santiago establece un formidable alegato anticastrista por vía del paisaje. Basta comparar con las fotos de enero de 1959. Fachadas colapsadas, ancianos descamisados, monumentos que han perdido las letras y las narices, edificios municipales emparchados con la apresurada y grumosa cal de la propaganda. Pudiera creerse que el Comandante ha sido enterrado en Ruanda.

El arte y la literatura oficiales volvieron a ofrecer el estudio en vivo de la abyección. A la vanguardia, Silvio, que extendió sus condolencias a la familia, al pueblo y… ¡al universo! Esperemos que en próximas entregas Silvio nos ilustre sobre el impacto de la muerte de Fidel, digamos, en la Constelación de Andrómeda. El apabullante dolor de músicos como Haila María Bompié, Alexander Abreu, Samuel Formell, Descemer Bueno y otros tantos podremos medirlo según vayan cayendo por Miami a reponer dólares y pacotilla.

Toda la puesta en escena estuvo caracterizada por el enigma, la ampulosidad, el recelo, la nocturnidad, la rural manifestación de las jerarquías y el cutre esteticismo propios del finado. En la Plaza de la Revolución, exento de hacer la canicular cola, Silvio (¡ay, Silvio!) le aclara a una reportera que no es la ocasión de decir “buenos días”. Sin saber que están al aire, sin saber que a partir de ese momento sus carreras quedarán en el aire, los presentadores del noticiero transmiten su desprecio por Silvio y se resignan a recibir a la audiencia con un incongruente “saludos”. Pues si no son buenos días, dirá usted, ¿cómo puede haber motivo para saludar?

La cábala de las fechas nutrirá por largos años las especulaciones del esoterismo nacional. El anuncio de la muerte se hace cerca de la medianoche del 25 de noviembre. Seis décadas atrás, a esa hora, el yate Granma abandonaba el puerto de Tuxpan, en México. Se habla de una ceremonia de santeros en Bayamo, la noche del 2 de diciembre, efemérides del fatal desembarco. Finalmente, el 4 de diciembre, día de Santa Bárbara (Changó en el panteón yoruba), las cenizas reposan junto a los restos de José Martí, el más significante de los cubanos.

Al menos en público, no vemos juntas a las familias de Fidel y Raúl. La viuda, Dalia Soto del Valle, y sus cinco hijos (cuatro de ellos acabados de pelar al rape), velan por un instante frente a la enorme piedra que contendrá las cenizas. Tienen un aspecto fatigado, grasiento, enemigo, como si se hubieran peleado hasta el alba por un pollo frito.

En su uniforme mal cortado y arriba de talla, Raúl deposita la urna con las cenizas en el centro de la piedra. Aclamado a su triunfo por Sartre, Hemingway, Hollywood y el progresismo occidental, el Comandante debe conformarse en la tumba con los eulogios de Evo Morales y Robert Mugabe. La tarja que sella el hueco de la piedra dice “Fidel”. Pero lo que se lee es “Fin”.

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de diciembre de 2016, 1:56 p. m. with the headline "Castro y los artistas en su funeral, estudio en vivo de la abyección."

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