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Cuba y la previsible política de Trump

La política de Estados Unidos hacia Cuba a partir de la llegada de Donald J. Trump a la Casa Blanca el próximo 20 de enero se plantea ahora mismo como una incógnita a despejar. Partidarios del acercamiento iniciado por el presidente Obama defienden sus posiciones y creen que las medidas tomadas por el ejecutivo son, como el mismo Presidente dijera, “irreversibles”. En la acera opuesta, están los que opinan que el trato favorece y legitima al régimen castrista que aspira a perpetuarse en el poder sin concesiones y sin cambios sustanciales.

Los primeros apuestan a que, en las decisiones de Trump respecto a Cuba, prevalecerá su vocación empresarial por encima de sus escrúpulos políticos o morales, y que no se enemistará con el lobby que ve los negocios en la isla como una oportunidad de medro. Los otros enarbolan las propias palabras del presidente electo que llamó al difunto Fidel Castro “dictador brutal” y que dijo, claramente, en uno de sus mensajes en Twitter, que “si no se logra un mejor trato”, en las relaciones de Estados Unidos con Cuba, un trato que realmente favorezca a los cubanos y a Estados Unidos, él rescindirá el actual. En tanto el debate —incluso en el seno de la propia comunidad cubana del exilio— sube de tono, unos y otros cuestionan la seriedad con que el nuevo mandatario cumplirá ésta y otras promesas hechas en campaña.

Los que siempre hemos estado a favor del derrocamiento violento del castrismo, incluido el expediente de la intervención militar (en lo cual es obvio que Estados Unidos nunca se ha interesado seriamente), veríamos con satisfacción el regreso al status quo ante como marco adecuado para propiciar o acentuar la inestabilidad y subrayar la ilegitimidad de ese régimen, su condición de calamidad transitoria, no importa cuanto haya durado o pueda todavía durar. Cualquier denuncia sustancial de esa dictadura pasa por subrayar su carácter de desastre temporal, una suerte de enfermedad —grave y crónica es cierto, pero, como enfermedad al fin, susceptible de superación y de remedio. Esta es la postura más radical, pero también la más debilitada por el optimismo.

Dicho esto, me permito afirmar que el nuevo presidente no va a satisfacer respecto a Cuba —y posiblemente a muchas otras políticas— las expectativas de ningún grupo. Creo que planteará nuevas demandas en esta relación bilateral, mayores aperturas de parte de La Habana, posiblemente la reducción de tarifas leoninas que, en varios rubros, afectan a la comunidad cubana del exilio en su trato con parientes y amigos de la isla; pero soy escéptico de que vaya a revertir (como me gustaría) todos los pasos hacia la normalización emprendidos por el actual gobierno. Sería una labor de desmontaje bastante ardua para un hombre —y un equipo— al que le sobrarán problemas de mucho mayor complejidad y calado desde la hora en punto en que tome posesión de su cargo.

El debate que ahora mismo mantiene expectantes y crispados a unos y otros, dentro de pocas semanas dejará de tener importancia. Trump no será tan obsecuente como Obama con la dictadura de Raúl Castro, pero tampoco subirá el tono de la confrontación como preámbulo para el envío de los Marines. Desafortunadamente, este último escenario, el más remoto e improbable, es el único, en mi opinión, que puede salvar a Cuba del hundimiento permanente. Las alternativas al interventor (con la fusta) sólo parecen ser un régimen fascista, como el de China, o la democracia bananera que habría de salir de la “transición pacífica” que tantos pregonan; opciones ambas con niveles muy altos de corrupción.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

Esta historia fue publicada originalmente el 9 de diciembre de 2016, 0:58 p. m. with the headline "Cuba y la previsible política de Trump."

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