El hombre de Putin en Washington
Donald Trump no quiere que le recuerden que Vladimir Putin le ayudó a ganar la presidencia de Estados Unidos. No le culpo. No es todos los días que un autócrata asesino en masa –matarife de chechenos, ucranianos y sirios, entre otros– interfiere en una elección presidencial en nuestro país a favor del candidato que le es afín (o al que puede manipular) y en contra de la que detesta. Tampoco es legal ni decente. Pero sí es una verdad como un puño. Y los norteamericanos merecemos conocerla, incluyendo aquellos que votaron por Trump. Ya que nos han dado veneno por presidente, por lo menos que lo prueben. Los que no votamos por Trump ya lo sabíamos. Era evidente con cada filtración de WikiLeaks de correos robados a la campaña de Hillary Clinton y cada advertencia correspondiente de nuestra comunidad de inteligencia. Ahora a lo hecho, pecho. Eso significa que tanto el gobierno del presidente Obama como el Congreso deben investigar a fondo y responder a la injerencia del régimen ruso en nuestro proceso electoral.
Pero no será fácil que los norteamericanos de a pie conozcamos la verdad, con todos sus escalofriantes pormenores, sobre la probable complicidad entre Putin, Trump y algunos de sus asesores de campaña. No se trata de que a nuestra inteligencia le vaya a resultar difícil establecerla. Seguramente ya la estableció en todos sus truculentos detalles, a juzgar por la contundencia con que la Agencia Central de Inteligencia le dijo al Washington Post que Putin “no solo intervino en la contienda presidencial (norteamericana) por maldad sino para mejorar las posibilidades de Trump”. El problema es que la legendaria estabilidad política de este país en buena medida depende de mantener ocultos o en una nebulosa los episodios más oscuros de nuestra historia política. Así ocurrió con el fraude electoral que sufrió Richard Nixon en la contienda con John F. Kennedy. Y con el asesinato del propio Kennedy.
Bajo fuerte presión de su Partido Demócrata, el presidente Obama ordenó una investigación de la injerencia rusa. Legisladores de ambos partidos proponen otra en el Congreso. Esas investigaciones serán cruciales aunque sus resultados nunca lleguen a hacerse públicos. El senador republicano John McCain explicó claramente por qué. “La ciberseguridad”, dijo, “no puede ser partidista. Lo que está en juego es demasiado importante. Trabajaremos a ambos lados del pasillo para investigar y detener los ciberataques”. Un objetivo debería ser prevenir el probable chantaje de Putin a Trump. La inteligencia norteamericana dice que los rusos también robaron correos a la campaña del presidente electo y pudieran usarlos para coaccionarlo. La nominación de Rex Tillerson como posible secretario de Estado da pábulo a esos temores. Tillerson es el director ejecutivo de Exxon Mobil, petrolera con amplios negocios en Rusia. Y es amigo íntimo del autócrata ruso. El senador demócrata Robert Menéndez calificó su candidatura de “alarmante y absurda”. Su colega republicano, Marco Rubio, advirtió que “ser amigo de Putin no es un atributo que espero de un secretario de Estado”.
El FBI coincide con la CIA en que los rusos hackearon los correos de la campaña demócrata, aunque discretamente se ha abstenido de opinar sobre sus motivaciones. Sus líderes saben que, si establecen móviles, tendrán que recomendar encausamientos. Y eso es grave. Potencialmente desestabilizador. De cualquier modo, ha estallado una guerra soterrada entre el presidente electo, sus allegados y nuestra comunidad de inteligencia. Esa guerra conviene a los enemigos de Estados Unidos y es peligrosa para la seguridad nacional. Pero será una fuente valiosa de información para el público norteamericano gracias a las filtraciones a la prensa que ya han comenzado.
Con característico cinismo, Trump ha negado la innegable injerencia rusa que tanto le favoreció durante la campaña. Esto le valió una reprimenda de Michael Hayden, exjefe de la NSA y de la CIA durante el gobierno de George W. Bush. Hayden criticó que “un presidente electo de EEUU rechace la narrativa basada en los hechos que crea la comunidad de inteligencia simplemente porque entra en conflicto con sus presunciones a priori”. La moraleja es evidente: la verdad sobre la injerencia rusa habrá que establecerla a pesar de Donald Trump.
Periodista cubano.
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Esta historia fue publicada originalmente el 14 de diciembre de 2016, 7:25 a. m. with the headline "El hombre de Putin en Washington."