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Nuestro mundo mejor

Optimistas y pesimistas sobre el progreso de la sociedad humana vuelven a debatir si progresamos o declinamos, si vivimos en el mejor de los mundos posibles, con mayores libertades y derechos, o si este fenómeno que conocemos por Occidente (el resto importa menos) declina de manera inexorable y justifica decir que “cualquier tiempo pasado fue mejor”.

La verdad no me parece que esté en ninguna de estas dos posiciones. La humanidad en su conjunto avanza, pero, en ese camino de progreso, con frecuencia tropieza y flaquea. Si fuésemos a representar en una gráfica esta trayectoria tendríamos que recurrir a una línea ascendente quebrada, lo cual significaría que, en un plano general, progresamos, pero con grandes baches que, al corto plazo, podemos confundir con notables retrocesos.

Es usual, al acercarse otro fin de año, que hagamos recuentos y cómputos, desde el plano individual hasta el que abarca toda la actividad humana sobre la tierra. ¿Cómo ha sido este 2016 de la era de Cristo? Las respuestas dan para más de un libro. A los pesimistas les bastará recurrir a los titulares de la prensa —las noticias casi siempre son malas—, desde las catástrofes naturales hasta los atentados terroristas; presunto genocidio en la ciudad siria de Alepo, peligroso repunte del populismo en casi todas partes. Un cuarto de siglo después del colapso de la Unión Soviética, la democracia rusa se muestra viciada por el autoritarismo y la corrupción y lo mismo sucede en Turquía; China e Irán —cada cual en la medida de sus fuerzas— pujan por extender sus esferas de influencia en detrimento de las democracias occidentales; la desigualdad y la ineficacia no parecen tener remedio en los llamados países en desarrollo… Visto de cerca el panorama es desalentador.

Pero, si nos distanciamos un poco, advertiremos las pruebas del ascenso. Hace apenas 150 años —que en términos históricos es un tiempo casi insignificante— los gobiernos nominalmente democráticos en el mundo no pasaban de un puñado. Asia y África eran en gran parte territorios coloniales de Europa. En Estados Unidos acababa de cesar la esclavitud del negro y en Brasil aún habría de durar por otros veinte años. Las mujeres tardarían todavía mucho tiempo en tener derecho al voto. En muchas naciones civilizadas la censura de la prensa era cosa ordinaria…

En el orden científico y tecnológico, los avances de este último siglo y medio han sido aún más notables. En 1866, año en que Alfred Nobel inventa la dinamita, el teléfono y la luz eléctrica estaban aún en el futuro, para no hablar del automóvil y del avión. Los antibióticos, que revolucionarían los regímenes terapéuticos a partir de los años cuarenta, no eran ni una quimera, ni siquiera las sulfas, que le precedieron, habían aparecido. Guglielmo Marconi, el padre de la telegrafía sin hilos, de donde provienen, por derivación, todas las comunicaciones inalámbricas del presente, no había nacido todavía. Con excepción de algún globo aerostático, ningún objeto más pesado que el aire surcaba los cielos. Nada podía competir en velocidad aérea con el fabuloso trineo de Santa Claus.

No es preciso enumerar todas las ventajas sociales, políticas, tecnológicas que hacen de nuestro mundo actual un lugar más habitable, más cómodo, más intercomunicado y, humanamente, más solidario que cualquier otro momento del pasado. Vivimos mejor hoy, en estos últimos días de 2016, que en cualquier tiempo que nos haya precedido, a pesar de las masacres de Siria, de las atrocidades del Estado Islámico, del calentamiento global y del reciente auge del populismo. Meros tropiezos en nuestro viaje ascensional.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2016

Esta historia fue publicada originalmente el 14 de diciembre de 2016, 3:50 p. m. with the headline "Nuestro mundo mejor."

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