Una advertencia capital
El discurso del primer ministro Benjamin Netanyahu ante la sesión conjunta del Congreso de Estados Unidos ha provocado las reacciones esperadas y hasta más de las esperadas, porque nadie contaba con que el presidente Obama se apresuraría a responder, en lugar de mostrar una distante indiferencia. La cálida y entusiasta acogida que le prodigó el Congreso al premier de Israel, con 26 ovaciones de pie, equivalía a lanzarle una bomba de demolición al acuerdo que el secretario de Estado John Kerry y su homólogo iraní parecían darle este martes los últimos retoques en Suiza. Si el acuerdo llegara a firmarse, la comunidad internacional le levantaría las sanciones a Irán a cambio de que ese país abandonara sus ambiciones de enriquecer uranio (que insiste es para fines pacíficos y que Occidente sospecha tiene por objetivo la fabricación de armas nucleares).
Netanyahu cree que el acuerdo es malo, que no ofrece las suficientes garantías (sobre todo mientras Irán persista en su vocación hegemónica regional, en su respaldo a organizaciones terroristas y en su animosidad contra Israel) y, a riesgo de ofender a Obama y al Partido Demócrata —que juzgan el haber aceptado la invitación del presidente de la Cámara de Representantes como un gesto inamistoso e incluso como una intromisión en el debate partidista a favor de los republicanos— no ha desaprovechado la oportunidad de venir a exponer su verdad ante lo que él mismo llamó “el cuerpo legislativo más importante del mundo”.
No han faltado tampoco los que ven en la comparecencia de Netanyahu simple búsqueda de notoriedad política a dos semanas de celebrarse elecciones en Israel. Yo creo, por el contrario, que el primer ministro israelí ha acudido a esta cita —dispuesto a enfrentarse a todas las reacciones adversas que pueda suscitar— movido por una profunda obligación moral, porque realmente se siente en el deber de advertirle a sus amigos y aliados que están cometiendo un error en confiarse en un instrumento tan precario como es este acuerdo y en las promesas de un Estado que ha dado pruebas de una incorregible perversidad. Lejos de juzgarlo como un acto de frívolo oportunismo político, esta denuncia de Netanyahu me parece que se trata de un acto casi sacrificial, en que ha primado el sentido de la responsabilidad por encima de cualquier complacencia, de la responsabilidad que se asume incluso con pesar.
Nancy Pelosi, líder de los demócratas en la cámara baja, se apuntaba entre los ofendidos: “Estuve al borde de las lágrimas durante el discurso del Primer Ministro, entristecida por el insulto a la inteligencia de los Estados Unidos […] y por la condescendencia hacia nuestro conocimiento de la amenaza que constituye Irán y nuestro compromiso en prevenir la proliferación nuclear”, dijo la congresista.
Estados Unidos ha cometido sobradas torpezas en su política exterior como para merecer ese insulto a su inteligencia, aunque esa no fuera la intención de Netanyahu. El abandono de Europa Oriental en manos de Stalin, la inconclusa guerra de Corea, el fiasco de Bahía de Cochinos, el triunfo de la revolución iraní, la precaria ocupación de Irak son algunos de los hitos que llevan, con toda razón, a desconfiar de las decisiones de una nación empujada por los acontecimientos hasta el sitio cimero que ocupa en el plano internacional. Estaría bien que llore la Sra. Pelosi, y otros como ella —incluidos los cincuenta y tantos legisladores demócratas que decidieron boicotear el discurso del Primer Ministro— por los muchos sufrimientos y frustraciones a escala planetaria a que ha dado lugar la falta de visión política del país que representan y gobiernan.
No sin pesadumbre —me atrevo a creer— ha ido a Washington Benjamin Netanyahu para decirle a sus amigos y aliados que no confíen en promesas de Irán y corrijan el rumbo de una política en la que Estados Unidos tiene comprometido su prestigio e Israel, su existencia.
©Echerri 2015
Esta historia fue publicada originalmente el 4 de marzo de 2015, 4:09 p. m. with the headline "Una advertencia capital."