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El payaso y la actriz

Maryl Streep, tenida por la primera actriz de este país, aprovechó la premiación de los Globos de Oro el pasado domingo —donde le hicieron entrega de un galardón en reconocimiento a toda su carrera artística— para criticar, aunque sin mencionar su nombre, al presidente electo por haberse mofado en público de un periodista minusválido. Donald Trump, que asumirá la presidencia de Estados Unidos la próxima semana, se dio por aludido y, en su cuenta de Twitter, conforme a su costumbre, desmintió a la actriz, a quien calificó de “sobrevalorada”. A sólo unos días de la toma de posesión este brete rebaja la dignidad de la presidencia y del diálogo público.

Reconozco que Meryl Streep no debía haber convertido el estrado de los Globos de Oro en una tribuna política (algo que ya viene haciéndose desde hace años, en esa y otras premiaciones, para desdoro, en mi opinión, de las artes escénicas), movida por el activismo de izquierda que tanto entusiasma a este club de millonarios vergonzantes que, si de veras quisieran hacer causa común con los de abajo, deberían abandonar sus mansiones y sus joyas y repartirles su dinero a los pobres; de lo contrario, que se callen y sigan disfrutando del mejor sistema que haya podido existir en el mundo, al menos para ellos.

Por otra parte, es una vergüenza que el hombre que dentro de unos días va a ser la máxima representación de todos nosotros descienda a estos dimes y diretes e intente menoscabar la justa fama de una actriz cuyo talento demuestra una larga y exitosa carrera. La reacción responde al carácter de un narcisista que no tiene ninguna tolerancia para la crítica, pero que incurre en continuos dislates que provocan la reacción adversa de mucha gente. Se trata de un payaso que quiere ser tomado en serio y que aspira a ser aplaudido y reconocido por sus torpezas. El Sr. Trump se dispone a asumir un puesto para el cual, por adelantado, prueba no tener aptitud, pues, desde el primer día, lo hará blanco de la crítica universal que él no está en condiciones de soportar (en esto Trump está en las antípodas de su admirado Ronald Reagan, a quien llamaron “el presidente de teflón” porque las críticas le resbalaban).

La presidencia de Estados Unidos lleva casi un cuarto de siglo de descenso, en el que la dignidad del cargo se ha visto sistemáticamente menoscabada por sus titulares. Bill Clinton, no obstante sus diplomas de Harvard y de Oxford, era un white trash que terminó convirtiendo la Oficina Oval en un burdel; George W. Bush sólo tenía de su padre el nombre, pero daba pena verlo andar y comportarse; Obama es una suerte de saltimbanqui que brincó hacia el poder. Donald Trump es ya el epítome de esta decadencia, alguien que aúna intrínsecamente la vulgaridad, la ignorancia y la soberbia. Es difícil imaginar una combinación peor.

Ahora bien, el problema no es Trump, ni sus antecesores, sino la sociedad que los hace posible; los responsables son los millones de votantes que han decidido instalar a estos sujetos en la Casa Blanca y otorgarles el poder supremo sin méritos obvios para una gestión de tanta importancia y ni siquiera los modales que uno espera de sus primeros magistrados. Acaso se trata de una consecuencia directa de la democracia, el sistema que defendemos, y el cual ha terminado por promover y jerarquizar al vulgo, al demos, en detrimento de las élites, llamadas por la tradición a dirigir. El intercambio de acusaciones entre payaso y actriz es sólo una muestra del precio que la democracia nos hace pagar por disfrutarla.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

Esta historia fue publicada originalmente el 11 de enero de 2017, 3:46 p. m. with the headline "El payaso y la actriz."

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