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El desolado fracaso de Martí

En el natalicio de su prócer mayor, los cubanos (no muchos ciertamente fuera de Cuba y cada año menos) tornamos a recordar al hombre que mayor esfuerzo intelectual pusiera en definirnos como nación y uno de los que más arduamente trabajara para que esas ideas cuajaran en una democracia independiente. Al patriotismo religioso de José Martí se agrega su proyección continental, su genuina vocación americana, que hace que encontremos estatuas suyas en todo el ámbito de geografía que amó: en México, en Caracas, en Buenos Aires, en Nueva York… donde casi seguramente hoy habrá algunas flores.

No obstante, el ideario martiano es letra muerta en todas partes y alterado en su isla nativa hasta la desfiguración. Ante el hundimiento de la nación cubana —el envilecimiento colectivo de su ciudadanía como resultado directo de una gestión totalitaria de casi seis décadas, la desaparición o adulteración de sus instituciones, la inviabilidad, a corto o mediano plazo, de cualquier proyecto democrático— a los que aún tenemos en Cuba un punto de referencia no nos queda más que un profundo sentimiento de frustración y pena que alcanza, en primer lugar, al gran hombre en cuya palabra y aspiraciones nuestros abuelos creyeron fundar una república.

Si de algo triste ha servido el cambio de política de Estados Unidos hacia Cuba es en hacer patente la irreversible destrucción de nuestra patria. La decisión del presidente Obama de “normalizar” las relaciones con Cuba sólo sirvió para destruir nuestra ilusión de que el proyecto nacional de nuestros próceres fundadores se restaurara aunque fuese en su precariedad pre-revolucionaria. El cese de la hostilidad de parte de EE.UU. rasgó el velo de nuestra nostalgia para mostrarnos una realidad que nos empeñábamos en negar o en soslayar. Cuba es un país fallido con un pueblo degradado que no tiene idea de su identidad o que la tiene de manera tergiversada. A la luz de la palabra de José Martí, la sociedad cubana (de dentro y fuera) es una horripilante caricatura.

Tal vez, aunque algunos nos resistamos a creerlo, este destino estaba en nuestro colectivo ADN: la picardía, el logrerismo, el dolo, la descarada imposición nunca faltaron, a medias frenados o atenuados por la decencia de algunos grandes hombres, Martí el primero, por sus ideas, un tanto delirantes, que aspiraban a una república democrática y próspera. Las taras ancestrales fueron más poderosas y al final terminaron por imponerse. La tiranía corrupta obedecía a un impulso profundo con mucho más arraigo en la sangre que la noble ideología del tierno poeta que nos quiso sentar a la mesa de las naciones. Fidel Castro, en su hipertrofia criminal, es, por mucho que nos cueste admitirlo, un retrato más fiel del carácter de la sociedad a la que él devolvió al servilismo de la plantación con ruina material agregada.

No parece que haya mucho que hacer ni nada que esperar. Entre tanto, José Martí, notorio desconocido para el pueblo al que dedicó su vida es, en Cuba, el símbolo manipulado de una estafa (efigie en un billete o un sello de correos, aforismo indigesto, nombre del principal aeropuerto, que es decir puerta de acceso a la sentina en que se ha convertido su país) y, en otros ámbitos, desolado monumento al pie del cual, en este día, a 164 años de su nacimiento, no faltarán tributos, más bien superfluos.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

Esta historia fue publicada originalmente el 27 de enero de 2017, 6:00 p. m. with the headline "El desolado fracaso de Martí."

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