Cuando ‘trumpista’ es un insulto, se pierde el derecho a réplica
Trumpista. Eres un trumpista. Te lo dicen con sorna. Con furia. En el mejor de los casos, con asombrada lástima. Aunque no hayas votado por el presidente Donald Trump. Aunque Trump no te guste del todo. Aunque nada de Trump te guste. Basta que te pases de la raya que la izquierda ha trazado en la arena del discurso nacional. Basta que te rebeles (un tantico) contra la agenda de la corrección política. Trumpista. Sin derecho a réplica.
Para empezar, el voto popular. Sí, Hillary Clinton superó a Trump por 2.9 millones de votos. Ahora, restemos de ese resultado el Condado de Los Angeles y los barrios (boroughs) de Manhattan, el Bronx, Brooklyn y Queens, y Trump quedaría por encima de Clinton con medio millón de votos. Este matiz es una oda al sistema de voto electoral. Expresa la imposibilidad de que el país sea gobernado por la decisión republicana o demócrata de unas pocas áreas con alta concentración poblacional. ¿Qué te dicen si cantas esa oda? Trumpista. Un confeso trumpista.
Entonces, toda vez que trumpista es sinónimo de ultraderechista, ignorante y otras deficiencias de carácter, educación y, en suma, humanidad, la izquierda deja fuera del debate a casi 63 millones de norteamericanos, desde las doradas planicies de Wisconsin a los peores barrios de Alabama. Para encontrar su curso en los medios y la academia, el interlocutor conservador debe tomar distancia de Trump, pagar un totalitario diezmo de separación a una elite que celebra las estupideces de Lady Gaga, Madonna y Meryl Streep pero no se detiene a escuchar a un camionero.
De los líderes demócratas, sólo el vicepresidente Joe Biden puso el dedo en la llaga. Al ver un acto de campaña de Trump en Wilkes-Barre, Pennsylvania, Biden anticipó que Clinton perdería las elecciones.
“Maldita sea”, dijo Biden a Los Angeles Times al recontar su experiencia. “Esa es la gente con la que yo crecí. Esos son sus hijos. Ellos no son racistas. Ni sexistas. Pero nosotros no le estamos hablando a ellos”.
No le hablaron al granjero de Ohio que se levanta en la madrugada a romperse el lomo en su terruño y en los noticieros de la tarde se descubre acusado de opresor, machista y racista. No le hablaron al obrero de Rexnord Corp. que ahora mismo está entrenando en Indianapolis al operario mexicano que en unos meses tomará su puesto allende la frontera. No le hablaron al negro que le inculca a sus hijos el respeto a la ley, la dignidad del trabajo y la satisfacción de forjar su identidad en la excelencia. (Primera vez en la historia que los demócratas no dominan ninguna legislatura en los estados sureños). No le hablaron a la gente que llama a las cosas por sus nombres. Al hombre concreto que quiere ver su libertad afincada en el empleo y el orden.
Trump no es la causa, sino el efecto. El espectacular capítulo norteamericano de una gran rebelión popular contra los valores de la izquierda occidental. ¿Quién iba a decirles a los republicanos que amanecerían el 9 de noviembre convertidos en el partido de la clase obrera? ¿Quién nos hubiera dicho que los obreros franceses, alemanes, austríacos, iban a inscribirse en masa en los partidos de la ultraderecha?
No es el fin del mundo. Es el fin de un mundo. Ah, pero guárdate aún de poner el número donde va el número, a no ser que te atrevas, a no ser que te condenes, a no ser que por servicio a la verdad te importe un pito que te digan trumpista.
Twitter: @AndresReynaldo1
Esta historia fue publicada originalmente el 9 de febrero de 2017, 8:22 p. m. with the headline "Cuando ‘trumpista’ es un insulto, se pierde el derecho a réplica."