Casa para la supervivencia de un exilio
Hace poco más de dos meses, con la magnífica exposición de Luis Cruz Azaceta que aún se exhibe, se inauguró el Museo Americano de la Diáspora Cubana que representa, en lo formal, la culminación de un esfuerzo que, con muchos altibajos, se ha prolongado por más de una década. A lo largo de estos años, la búsqueda de una institución que atesore y divulgue el arte y la cultura en general que los cubanos han hecho en el exilio o han acarreado a él junto con su memoria del país perdido, ha sido un esfuerzo muy arduo, llamarle titánico, no sería una desmesura.
El alma de este empeño ha sido Ileana Fuentes —ensayista, activista, promotora cultural— que se ha ocupado con pasión de encaminar una institución con este objeto desde que, a mediados de los años noventa, la junta directiva del “Museo Cubano” entonces en cierne, la invitara a venir a Miami para asumir esa improbable tarea. A trancos y barrancos, con largos hiatos en que el proyecto de un museo cubano parecía perdido, se ha materializado la nueva institución que hoy se alza en el sitio donde, por muchos años, estuviera el edificio de la Florida Grand Opera —más depósito que templo del arte— que nos acostumbrábamos a ver como un espectro de otra época cuando viajábamos por Coral Way rumbo al downtown.
Gracias a una subvención millonaria del Condado Miami-Dade, el viejo edificio se ha transformado en un palacio resplandeciente que se propone cumplir prolijamente la misión para la que ha sido creada: guardar, exhibir y promover la cultura cubana en todas sus manifestaciones que se ha hecho y conservado en este lado del estrecho de La Florida. El noble proyecto debe contar con el apoyo de la comunidad a la que está destinada a servir, en particular sus miembros más pudientes, algunos de los cuales ya empiezan a estar a la altura del desafío y de la responsabilidad que este museo les propone: la de convertirse en sus generosos auspiciadores al objeto de salvaguardar los restos esenciales de una nación náufraga.
El concepto de la filantropía —que tan espléndidos frutos muestra en Estados Unidos sin excluir la Florida, quehacer en el que ha descollado ya por muchos años la comunidad judía de este país— no está aún tan arraigado entre los más ricos de los nuestros, cuya decisiva contribución a la causa de la cultura es lo único que puede dejar una marca perdurable de nuestra existencia como comunidad y de ellos mismos como sus consagrados mecenas. A la trascendencia no se llega por el derroche opulento en mansiones, yates y autos de lujo —que se agotan en los cursis reportajes de la llamada prensa del corazón—, ni siquiera en las colecciones de arte cuando estas se adquieren sin genuina sensibilidad y con fines de lucro, sino en el amoroso respaldo a las instituciones en que la comunidad a la que decimos pertenecer preserva la huella de nuestra peripecia colectiva.
Los cubanos de la diáspora, es decir, de la dispersión que nos impuso el castrismo, de este ya largo exilio, contamos de pronto con una casa apta para representarnos, y es de esperar que estemos dispuestos a hacerla nuestra por el simple expediente de costearla, sobre todo los más prósperos de los nuestros, cuya responsabilidad en la conservación del patrimonio colectivo siempre será proporcional al rango de su fortuna. El American Museum of the Cuban Diaspora se levanta en medio de Miami como un reto a la comunidad cuyo nombre ostenta en su frontis. Algunos de sus miembros ya se animan a responder a él. Esperemos que otros muchos no tarden en hacerlo.
Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.
©Echerri 2017
Esta historia fue publicada originalmente el 10 de marzo de 2017 a las 1:25 p. m. con el titular "Casa para la supervivencia de un exilio."