Trump debe reflexionar sobre los muros
Esta semana, durante su visita a Jerusalén, el presidente Donald Trump visitó el Muro de las Lamentaciones, uno de los lugares sagrados del judaísmo. Fue una visita discreta y sentida que el Presidente compartió solo con miembros allegados de su familia como su esposa Melania, su hija Ivanka y su yerno Jared, ambos judíos ortodoxos.
Yo también he tenido la suerte de visitar ese muro, que como todos los lugares sagrados, es un espacio que invita a la reflexión. Allí se acostumbra escribir un deseo o una plegaria en un trozo pequeño de papel que luego se inserta entre las piedras milenarias del muro. Mi deseo esta vez sería que mi presidente reflexione sobre los muros.
El Muro de las Lamentaciones en Jerusalén no tiene nada que ver con el muro imaginario en la frontera con México que promete construir Trump, excepto, claro está, en eso de las lamentaciones.
El muro de Jerusalén mide solo 1,600 pies de largo. Fue construido en el 19 a.C. por Herodes el Grande como parte de la expansión del segundo templo judío en torno al monte Moria. (El monte Moria o monte del Templo es el lugar donde Abraham intentó sacrificar a su hijo Isaac y donde Jacobo soñó con la escalera que sube al cielo).
La destrucción del templo durante la ocupación romana es lo que lamentan los judíos cuando visitan el muro. Sigue siendo un símbolo de la alianza de Dios con el pueblo judío.
En contraste con el muro de Jerusalén, el de Trump tiene más de ridículo que de divino. Es una quimera demagoga que incita no solo el temor sino también el odio, y que no está justificada bajo ningún concepto.
Eso se comprobó esta misma semana cuando el Departamento de Seguridad Nacional (DHS) publicó un reporte que revela que la mayoría de los que se quedan en Estados Unidos ilegalmente no son los que cruzan la frontera con México sino los que entran con visa y permanecen aquí después de vencida. El DHS calcula que 629,000 personas que entraron con visa en el 2015 se quedaron después de forma ilegal. Eso representa aproximadamente el 1.1 por ciento de los cerca de 50 millones de visitantes al país. La mayoría de los que violaron sus visas son canadienses, no mexicanos. En ese mismo periodo los que cruzaron la frontera de forma ilegal fueron 415,000. Y este año el número de cruces fronterizos ilegales se ha reducido en un 40 por ciento. Se estima que menos de 300,000 entraran este ano. Pero para los más de 600,000 violadores de visa no se contempla ningún muro.
Luego de su visita a Israel el presidente Trump viajó al Vaticano, donde se reunió con el papa Francisco. El Vaticano también tiene un muro y el tema de los muros es uno sobre el que tuvieron un famoso encontronazo Trump y Francisco. En el 2016, justo después de que Trump anunciara la construcción de un muro fronterizo gigantesco como tema central de su campaña, el papa Francisco se pronunció al respecto. “Una persona que piensa solo en hacer muros y no en hacer puentes”, dijo el Papa entonces, “no es un cristiano”. Trump respondió indignado fustigando al Papa por cuestionar su fe.
Pero en la reunión del miércoles aparentemente todo fue paz y armonía. Trump la describió como “fantástica”.
La lógica indica que el Presidente debería olvidarse del muro. Gastar entre 11 y 20,000 millones en ese adefesio sería extremadamente cruel en momentos en que el Presidente propone un presupuesto con recortes brutales a programas sociales básicos. Sería mucho más lógico invertir mucho menos en sistemas tecnológicos y biométricos que le permitan al gobierno localizar a los violadores de visas.
Si la lógica no prevalece, hay que creer en los milagros. Al salir del despacho papal, el Presidente se inclinó hacia el Papa y le dijo: “Recordaré todas sus palabras”. Amén.
Esta historia fue publicada originalmente el 26 de mayo de 2017, 6:18 p. m. with the headline "Trump debe reflexionar sobre los muros."