Silvio Rodríguez apoya a la dictadura y ataca a venezolanos que protestan
El juglar de la opresión. Este es Silvio Rodríguez. El más talentoso de los cantautores cubanos. Un hombre con un raro privilegio. Toda vez que ha establecido su personal medida en un metro universal. El metro del juglar de la opresión. A lo largo y ancho del registro. El patrón Silvio.
En el panorama de una clase artística que nada entre dos aguas (o que más bien nada en las aguas de La Habana y pesca en las aguas de Miami), Silvio destaca por su cínica coherencia. Cuando se trata de servir a la dictadura, y a las franquicias de la dictadura en América Latina, Silvio no falla. Perfecta muestra de que en algunos contextos la abyección puede aspirar al mérito.
Ahora Silvio la emprende con los venezolanos que llevan más de dos meses, a un muerto por día, tratando de evitar el asalto final del chavismo contra lo poco que ya restaba de la institucionalidad democrática. Ahí está, en su blog Segunda cita. Esos niños que salen a pelear a puño limpio contra los blindados de la Guardia Nacional, esas ancianas de los barrios humildes, esos trabajadores, esos médicos que piden medicinas para los enfermos, son la burguesía. Los últimos representantes de un oprobioso pasado. ¿De veras, Silvio? ¿Así que esa formidable, solitaria, suicida rebelión de los demócratas venezolanos es el fastidioso pataleo de la burguesía frente a un brillante futuro encarnado por Nicolás Maduro, Hugo Chávez, Fidel Castro?
En su nota, Silvio compara los acontecimientos en Venezuela con la Cuba de principios de la década de 1960. Por esos días, dice Silvio, salir a las calles de La Habana era también una aventura. La contrarrevolución, agrega, ponía bombas hasta en los cines. Cosa, aclara Silvio, que nunca hizo la Revolución. (Silvio escribe contrarrevolución con minúscula y Revolución con mayúscula). Bueno, yo no sé si ya la habrán quitado, pero en la entrada del mismo cine América había (¿hay?) una tarja dedicada a la terrorista Urselia Díaz Báez, del Movimiento 26 de Julio, que voló en pedazos víctima de su propia bomba el 3 de septiembre de 1957, minutos antes de que pudiera volar a decenas, tal vez cientos, de cinéfilos habaneros. Cinco días después, estallaron al unísono 100 petardos en los lugares más céntricos de La Habana. La hora, 9 p.m., reunía en esa Habana de entonces las multitudes de una de las más vibrantes capitales del mundo.
De Silvio no puede decirse que sea un fanático. Los fanáticos son ignorantes. Silvio es un tipo leído y escribido. Vaya, lo que hoy se dice un intelectual orgánico de la izquierda. La explicación tiene que estar por otro lado. ¿Por cuál lado una dictadura como la de Fidel tiene que haberle entrado a Silvio? ¿Qué terrible inversión moral debe producirse para que un hombre inteligente y culto le diga libertad a la servidumbre, amor al odio? ¿Le habrá entrado, acaso, por el oscuro lado de la burguesía? Pues Silvio, como en las novelas de Balzac, es un burgués napoleónico, elevado a la elite desde un humilde sustrato social en virtud de sus servicios al poder absoluto. Con sus carros entregados por el Estado, sus influencias entre los servidores del Estado, sus conciertos dentro de Cuba patrocinados por el Estado, sus conciertos fuera de Cuba promovidos por los agentes y simpatizantes del Estado, su acceso al hermético círculo monárquico y su casa arrebatada a los ricos del ancien regime.
Querido lector: si tropieza con el artista o el escritor que viene de Cuba, mídalo con el patrón Silvio. No hay mentira, ambigüedad, cobardía, que le quede grande a su siniestra escala.
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de junio de 2017, 2:50 p. m. with the headline "Silvio Rodríguez apoya a la dictadura y ataca a venezolanos que protestan."