Elogio de la línea dura del exilio cubano
Oh, la línea dura. Del exilio cubano, se entiende. En algunos círculos de La Habana y Miami, trata de que no te identifiquen con la línea dura. Estar en la línea dura, rozarte con la línea dura, te convierte en el hombre-lobo. Te despoja de credibilidad. Te recongela en el sótano de la Guerra Fría. Vaya, te excluye de la civilización.
¿Y qué es la línea dura del exilio? Si no me equivoco, eso que llaman la línea dura aboga por lo que han abogado a través de la historia todos los opositores a las dictaduras.
Que el dictador deje el poder de manera inmediata e incondicional.
Que se restablezcan las libertades.
Que se realicen elecciones.
Que se juzque a los responsables de muertes y desapariciones.
Que se devuelva lo robado.
Sólo en algunos círculos de La Habana y Miami, sólo en un contexto de aguda confusión ética, de provinciana inclinación a brillar en lo contradictorio, de terca suspensión de la capacidad de asimilar los hechos y de una elitista degradación de la solidaridad con las víctimas, este reclamo puede etiquetarse como un programa extremista que se corresponde con el programa de la dictadura. ¡Santa Madre de Dios! ¡A dónde hemos ido a parar!
La línea dura, en todo caso, viene pasando desde hace más de 30 años la prueba de las urnas locales. Meses antes de las elecciones comienzan a aparecer las encuestas con la tesis de que el exilio ha cambiado, de que nuevas generaciones rechazan la línea dura. Sin embargo, ahí están Ileana Ros-Lehtinen, Mario Díaz-Balart, Marco Rubio, Carlos Curbelo. En Nueva Jersey: Bob Menéndez y Albio Sires. Los candidatos opuestos a la línea dura se esfuman como un merengue en la puerta de un colegio. Por ejemplo, en estas últimas elecciones fueron derrotados todos los candidatos floridanos que apoyaron la apertura con la dictadura. Bajo el peso de los votos, la festiva tesis retrocede al estado de frenética hipótesis. De más está decir que nada de esto le altera el pulso a los críticos de la línea dura. “Sólo el contacto con la dictadura los hará libres”, reza a la puerta del campo de concentración de las ideas donde la línea dura debe ser, si no gaseada, al menos pelada al rape.
De cualquier modo, las cosas vienen con sus nombres. Al decirte que estás en la línea dura le rinden testimonio a tu juicio moral. Estás en la línea dura frente a Fidel y Raúl Castro. ¿En qué otra línea pudieras acomodar tu conciencia? ¿Cómo es esto de que la libertad de Cuba llegará con los académicos de la Universidad de Miami sirviendo de guías turísticos en los cruceros de lujo? ¿Cómo es esto de que el Papa bautiza a Cuba como la capital de la unidad mientras no hay un opositor que pueda conseguir la licencia de cuentapropista? ¿Debemos aspirar, como proponen los partidarios del acercamiento, a que Cuba sea como China? ¿De verdad que de esto se trata? ¿Los chinos? ¿Y cómo debemos llamar a la línea que adelanta este sórdido cuento?
Edmund Burke dijo que lo único necesario para el triunfo del mal es que los hombres buenos se crucen de brazos. Deja que digan lo que quieran de la línea dura. No permitas que te avergüencen de tu justa indignación. Deja que se rían del dolor de los viejos y pongan en duda la honestidad de los jóvenes. Porque tú retienes el territorio entre la línea de la dictadura y la línea del cuento chino. Tú estás en la línea dura. Tú no estás cruzado de brazos.
Esta historia fue publicada originalmente el 27 de julio de 2017, 7:30 p. m. with the headline "Elogio de la línea dura del exilio cubano."