Cuba, Venezuela ¿y Colombia?, la toma del poder por una mafia totalitaria
Nadie está preparado. No lo estábamos en Cuba. No lo están en Venezuela. Tampoco lo están los colombianos. Es la toma del poder por una mafia estructurada en un implacable proyecto totalitario. Una estructura diabólica: Marx y Lenin, el narcotráfico, la demagogia nacionalista, el terrorismo, importantes sectores de la Iglesia. De ahí que casi siempre sea insuficiente la respuesta política. De ahí que el talón de Aquiles de los demócratas sean sus propios escrúpulos.
Los chilenos se salvaron porque la mafia no pudo apropiarse de las instituciones militares. El Chile de Salvador Allende, recordemos, era también el gran centro del narcotráfico en las Américas. Después de 1973, los cocineros de la coca de Allende se fueron a cocinarle a Pablo Escobar. Dirán: “Oh, está alabando el golpe contra Allende. ¡Anatema! ¡Anatema!” Pero yo los invito a que me digan cómo un pueblo se libera de esa mafia. ¿Cómo pueden enfrentarse los demócratas a semejante estructura sin echar a un lado sus escrúpulos? ¿Cómo se saca del poder al ejército de la mafia sin disparar un tiro? ¿Cómo se destruye la cultura de la mafia entronizada en los medios y las universidades? ¿Cómo se reevangeliza a la Iglesia de la mafia, sí, a esos curas que odian al capitalismo mucho más, pero muchísimo más, de lo que aman a Cristo?
En esa desigual batalla, Venezuela está soltando el alma. Día tras día. Un muerto detrás del otro. Los jóvenes. Las mujeres. ¡Qué coraje el de esos jóvenes y esas mujeres! Frente a toda la jauría tercermundista. Frente a toda la internacional de la mafia. El conmovedor espectáculo de la libertad que se resiste a doblar la rodilla. Le echan plomo, y resisten. Los ningunean, y resisten. Los engañan, y resisten. Han tenido que pasar cien días para que la prensa liberal de Estados Unidos deje de conjeturar si a los muertos los matan los opositores o los esbirros chavistas. Cien días para que la socialdemocracia de celofán, los Rodríguez Zapatero, los López Obrador, se callen la boca. Cien días para que el Papa peronista deje de proponer el entendimiento con Nicolás Maduro. (¿Qué entendimiento, Santo Padre?) Cien días para que se hable, al menos a media lengua, de la injerencia de Cuba.
El 4 de agosto se impondrá el adefesio de la Asamblea Constituyente. Con esa formalidad de cartón viene el asalto final contra la agonizante institucionalidad democrática. Cierto que los venezolanos cuentan, a pesar de todo, con la solidaridad mundial que no contaron los cubanos ni, en su momento, los nicaragüenses. Sin embargo, esto no desvela a Maduro. La franquicia de la opresión castrista enseña que la condena internacional pierde el filo, en la miseria se gobierna mejor y, ante la disyuntiva de perder la cabeza, la gente acaba por bajarla. La simplificadora tendencia al equilibrio contribuye a legitimar la dictadura. Los embajadores de la Unión Europea (¡y el de nuestra España el primero!) siguen presentando sus credenciales, los cines vuelven a llenarse con las películas americanas, la banca global reabre la chequera, la opinión pública cambia de tema y el Vaticano certifica que aquí no ha pasado nada.
Los demócratas venezolanos debieron haberse fijado más en Cuba. Ojalá puedan fijarse a tiempo los colombianos. Antes de que sea demasiado tarde. Antes de que los hijos comiencen a delatar a los padres. Antes de que las ingenieras comiencen a soñar con ser prostitutas. Antes de que los obispos comiencen a hacer el trabajo de los comisarios. Antes de que la resistencia, la sola idea de la resistencia frente a la tiranía, parezca cosa de locos.
Esta historia fue publicada originalmente el 3 de agosto de 2017, 1:53 p. m. with the headline "Cuba, Venezuela ¿y Colombia?, la toma del poder por una mafia totalitaria."