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En presencia de Irma

Frente la violencia de los desastres naturales —terremotos, huracanes, inundaciones— los humanos de hoy, pese a los muchos aparatos que acomodan la vida, nos sentimos tan desamparados e impotentes como lo estuvieron nuestros antepasados de épocas más primitivas o atrasadas. Un fenómeno de la naturaleza es tan poderoso y abrumador que, por contraste, resalta nuestra vulnerabilidad e indefensión. Así, con grandes aprensiones o auténtico pánico esperan los habitantes del Sur de la Florida este fin de semana al huracán Irma, el ciclón más pavoroso del último decenio.

Algunos de los lectores habituales de esta columna la han de leer fuera de sus hogares, que se han visto obligados a abandonar en obediencia a las órdenes de evacuación o en busca de sitios más protegidos; otros lo harán en la Internet desde donde se han ido a guarecer o en el camino al norte del estado o más allá —Georgia, las Carolinas, Virginia— por las congestionadas carreteras donde apenas avanza una verdadera oleada de fugitivos. Una amiga me llamaba en la noche del jueves desde Jacksonville, adonde había llegado doce horas después de salir de Miami rumbo a Raleigh, Carolina del Norte. Algunos van más lejos. Están los que han optado por el avión para ponerse a buen recaudo de la tempestad, en Los Ángeles, Nueva York e incluso Europa.

La única ventaja que tenemos frente a la naturaleza iracunda —en comparación con los hombres de otras épocas y particularmente en el caso de los huracanes— es la minuciosa información que ahora nos suministran: la ruta que siguen, la intensidad que tienen y hasta la cuantía de las desgracias que su paso habrá de provocar. Sería mucho peor que un evento tan calamitoso llegara sin aviso y nos encontrara desprevenidos en medio de nuestras ocupaciones cotidianas, como debe haber pasado tantas veces en siglos anteriores, cuando la meteorología no se diferenciaba de la magia y apenas si quedaba otra opción que rezar.

Pese a los adelantos, la atávica religiosidad de los seres humanos se exacerba en presencia de estos fenómenos con que la naturaleza nos agrede. Hay quienes incluso insisten en que se trata de deliberadas acciones de Dios como castigo de nuestra pecaminosa conducta colectiva, o una suerte de purga natural. Como rezago de este pensamiento pervive en lengua inglesa la expresión legal “acts of God”, referida a estas catástrofes en que no interviene la mano del hombre y, en consecuencia, escapan a su responsabilidad. Lo curioso es que los devocionarios están llenos de oraciones en que nos atrevemos a pedirle a Dios que nos libre de sus propios actos. “De rayos y tempestades; de terremotos, incendios e inundaciones; de la plaga, peste y hambre, Líbranos, buen Señor”, dice una de las cláusulas de la Gran Letanía.

No parece que Dios escuche estos ruegos; pero de suyo es ya una enormidad que aspiremos a que su Divina Majestad altere para favorecernos el curso de la naturaleza, como si nuestra existencia o felicidad pudiera tener alguna importancia en los designios de un poder que se ejerce a escala cósmica. Tal fe sería una muestra fehaciente de ignorancia, al tiempo que de irrespeto al Ser Supremo en quien decimos creer.

Un fenómeno como el huracán que está a punto de azotar la Florida (luego de haber barrido gran parte del Caribe) debe servir más bien, pienso yo, para hacernos meditar en nuestra pequeñez y en el desvalimiento que seguimos teniendo frente al orden natural, una razón para inducirnos a la humildad y a la solidaridad con los demás —humanos y animales por igual— con quienes compartimos la condición de criaturas perecederas. Si después de esta reflexión, aún quiere orar, no se atreva a pedir ningún milagro (Dios nunca los concede), confórmese más bien en rogar por el entendimiento, por comprender un poco más el orden del mundo en que vivimos y del que tan poco sabemos.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de septiembre de 2017, 4:18 p. m. with the headline "En presencia de Irma."

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