El gran crimen de Rusia
Este martes se cumplieron 100 años del simbólico asalto al Palacio de Invierno en Petrogrado (o San Petersburgo) que sería el golpe de gracia del bolchevismo a la precaria república democrática que había surgido en Rusia luego de la abdicación del zar Nicolás II meses antes. Ese sería el inicio de la Unión Soviética, el primero de los engendros totalitarios surgidos del colapso de la primera guerra mundial y cuya maligna existencia se extendió hasta la Navidad de 1991.
La revolución de octubre (así llamada por el viejo calendario juliano aún vigente en Rusia, pero en realidad ocurrida en noviembre) contó con el apoyo de grandes segmentos de la población urbana, de muchos de sus intelectuales que vieron en ella la cristalización de su idea del progreso y de los soldados cansados de pelear y de morir en una interminable guerra de fronteras contra Alemania, Austria y Turquía. En el resto del mundo, el obrerismo militante y mucha gente de pensamiento creyeron que los rusos tenían la posibilidad de construir el paraíso de la sociedad sin clases, sin explotadores ni explotados. El experimento fue universalmente aplaudido. El escritor norteamericano John Reed hablaba por muchos de su generación cuando contaba entusiasmado, en su famoso libro Diez días que estremecieron al mundo, los hechos de esta revolución que él presenció. Al mundo aún le quedaba mucho por estremecerse por lo acontecido en Rusia, pero de pavor.
Cien años después, los rusos se muestran ambivalentes a la hora de juzgar aquellos hechos. El gobierno —donde aún quedan muchos cuadros del régimen comunista, entre ellos el propio presidente Putin— ha hecho de la revolución de febrero (la que depuso al Zar) y de la de octubre (que instauró la dictadura bolchevique) una sola conmemoración, sin mucho énfasis. La momia de Lenin sigue expuesta en su mausoleo de la Plaza Roja, pero la familia imperial asesinada por órdenes de Lenin hace años que fue exaltada a los altares como santos y mártires de la Iglesia Ortodoxa. Los comunistas subsisten como un partido mediano, con una agenda más bien nacionalista, pero su ideología aunque abiertamente criticada por numerosos escritores y medios de prensa rusos, no constituye un delito per se, de la manera que pasa en Alemania con el nazismo.
Los rusos aún tienen, como asignatura pendiente, el condenar de manera clara y explícita ese experimento de ingeniería social que tantas desgracias le trajo a esa país y a toda la humanidad, especialmente al puñado de naciones donde esa absurda ideología aún pervive. La Iglesia rusa es tal vez la que con mayor claridad ve las cosas al oponerse a cualquier interpretación que pretenda juzgar la historia del país como un todo continuo que reconcilie en un solo proyecto trascendente a los grandes actores de esa revolución —Lenin, Trosky, Stalin entre los primeros— y a sus millones de víctimas. El patriarca Cirilo tenía razón cuando no hace mucho acusó a los intelectuales de hace un siglo de haber provocado una “carnicería” y de haber cometido horrendos crímenes “contra la religión, contra Dios, contra el pueblo y contra el país”. Ese es el lenguaje que se precisa para juzgar un evento que nunca debió ocurrir y que estaba viciado de origen gracias a la arrogancia impía de sus progenitores, que creyeron que podían fabricar el hombre nuevo como al Golem de Praga.
Es también muy desalentador que las primeras universidades de este país y de otras grandes democracias —que fueron las vencedoras de la guerra fría y que vieron el fin del experimento soviético— sigan siendo bastiones del marxismo (y a veces del marxismo leninismo) donde inculcan en la conciencia de los jóvenes las mismas ideas —no importa cuan recicladas— que fueron responsables del gran crimen de Rusia.
Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.
©Echerri 2017
Esta historia fue publicada originalmente el 8 de noviembre de 2017, 5:26 p. m. with the headline "El gran crimen de Rusia."