De Kennedy y el injusto juicio de la historia
Este miércoles se cumplieron 54 años del asesinato del presidente Kennedy. Los que tenemos edad para ello nos acordamos de la conmoción de ese día (de ahí que recordemos exactamente las circunstancias de lugar y hora, y de con quien estábamos, en el momento en que supimos la noticia).
Ningún hecho puntual de la historia contemporánea —con la posible excepción del derribo de las torres del Centro Mundial del Comercio casi cuarenta años después— puede considerarse tan dramático en su sentido literal: el clímax de una tragedia que, gracias a la televisión, filmaciones y fotos, tiene lugar ante los ojos del mundo: el líder más poderoso del planeta es públicamente asesinado y, por un momento, la humanidad entera se queda en vilo, incrédula y atemorizada. La conmoción altera actividades y rutinas en disímiles geografías: en Roma, a unos seminaristas que se preparan en retiro para su ordenación, los envían de regreso a su casa de estudio; una junta de grandes accionistas se cancela de súbito en Ciudad de México; en un internado de Irlanda —país que Kennedy visitara pocos meses antes— profesores y alumnos interrumpen consternados su cena. Del otro lado de la tierra, donde ya es plena noche, despiertan a los jefes de Estado y de gobierno con la ominosa nueva.
A esta catástrofe siguen los minuciosos detalles de la jornada y de los días siguientes: la hermosa y elegante Primera Dama con el traje manchado de sangre; el arresto del presunto asesino y su muerte violenta dos días después mientras es trasladado por la policía; el funeral solemne con la presencia de numerosos dignatarios y, envolviéndolo todo, el misterio que acompaña a este glamoroso final y deja a casi todos sin una respuesta convincente. ¿Quién en verdad asesinó a Kennedy? ¿Fue —como diría el Informe de la Comisión Warren un año más tarde— la obra exclusiva de Lee Harvey Oswald o este no fue más que instrumento y víctima de otras fuerzas oscuras? En torno a esta pregunta se han escrito numerosos libros y se han hecho películas. Pero las respuestas no han logrado trascender el campo de la especulación, y la incertidumbre no ha hecho más que darle pábulo al misterio, al tiempo de servir para agrandar, inmerecidamente, la estatura del estadista asesinado.
Este año, en que se cumpliera el centenario del natalicio de John F. Kennedy, el gobierno desclasificó una apreciable cantidad de documentos relativos a su asesinato. Había muchas expectativas en torno a esos papeles; sin embargo, hasta la fecha no parece que haya emergido de ellos ninguna novedosa información, nada que ya no se supiera, nada que seriamente contradiga lo que se tiene por versión oficial: la de que un solo hombre, sin cómplices, fue responsable del crimen alevoso. Quedan aún algunos documentos por desclasificar, y a él se aferran los amantes de las teorías de la conspiración. Pienso que, llegado el momento, esos papeles también servirán para desengañar a los que esperan revelaciones truculentas, pero no para hacerlos desistir de sus hipótesis que tampoco carecen de fundamento. La leyenda, pues, tiene garantizado el porvenir.
Y así también la fama —inmerecida, en mi opinión— del presidente Kennedy.
La peor secuela del crimen de Dallas es haber consagrado como gran hombre de Estado a un dirigente mediocre que cometió graves errores y a quien debemos la supervivencia del castrismo y de toda la infinita cadena de desgracias que ello le trajo al mundo. La muerte violenta de un hombre joven, guapo y elocuente es suficiente para construir el mito que excluye, desde luego, la tozuda torpeza del político. Para los que vieron en Kennedy a un traidor —especialmente los cubanos a los que abandonó a su suerte en los pantanos de Bahía de Cochinos— su asesinato fue un acto de justicia; pero, a la luz de esta inmortalidad que fabricara el magnicidio, creo que habría sido mayor castigo la larga vida de relativa oscuridad de un presidente que hoy le disputaría a Jimmy Carter el rango de la más encumbrada ineptitud.
Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.
©Echerri 2007
Esta historia fue publicada originalmente el 24 de noviembre de 2017, 4:39 p. m. with the headline "De Kennedy y el injusto juicio de la historia."