Un año de trumpismo
La elección y casi un año de gobierno de Donald Trump han dado nuevo aliento a aves de mal agüero que predicen el fin de nuestra democracia. O por lo menos el riesgo de que se mediatice hasta volverse un régimen tercermundista más, de los que precisamente hemos venido huyendo por lo menos un tercio de los norteamericanos de hoy.
También han dado pie para la décima de críticos menos pesimistas, aunque no menos azorados por los acontecimientos, como Erica Benner. La filósofa de Yale ha refrescado a Maquiavelo para advertirnos que, “cuando se mira a sociedades como Estados Unidos y Gran Bretaña y otras democracias liberales, se ven tipos de grietas como aquellas sobre las que advirtió” el pensador florentino. Muy recomendable su reciente Be Like The Fox: Machiavelli In His World. Quisiera creer que la sangre de nuestra democracia no llegará al río –salvo en los casos trágicos de las recurrentes masacres de las que todos nos hemos convertido en cómplices o espectadores pasivos. Cómplices aquellos que estimulan el culto nihilista de las armas. Espectadores pasivos quienes se lo permitimos.
Más que sangrar, la democracia estadounidense reacciona con trumpismo a ocho años de gobierno más o menos liberal bajo el mando del primer presidente negro de la nación. Mal asunto ese para el sur profundo que se aferra a los monumentos a sus racistas históricos como símbolo de los cambios que resiente y rechaza. El trumpismo, como toda reacción, corrige excesos del gobierno del presidente Obama. Pero también aumenta considerablemente las divisiones étnicas, el sectarismo político, la desigualdad económica y social, la xenofobia y el aislamiento de Estados Unidos en el mundo. Luego vendrá una nueva reacción hacia el centro político, como suele ocurrir en este país. La cuestión es cuánto sufrirá en el proceso la calidad de nuestra democracia.
De la traumática experiencia que implica el trumpismo podríamos extraer lecciones valiosas. Una es que la marginación política de amplios sectores es un fenómeno que explotan fácilmente los demagogos. Los conflictos internos de los estadounidenses –sobre la distribución de empleos y bienes, las protecciones sociales, el derecho al voto, la inmigración, la educación, entre otros– se han vuelto demasiado complejos. No parece realista esperar que el ciudadano promedio responda a ellos sin atentar contra sus propios intereses. Más bien cabe esperar lo contrario. Votar en contra de los propios intereses es y seguirá siendo una constante de nuestro quehacer político. Muchos norteamericanos votarán por pagar más impuestos, tener menos acceso a la atención médica, derechos laborales y protección social, sufrir más violencia de las armas y propiciar guerras en las que morirán sus hijos mientras creen haber votado por lo contrario. Impulsarán lo que Thomas Frank llama “una revolución francesa al revés”. El futuro como regreso. Y es posible que ninguna educación política baste para evitarlo.
Leo ahora que Facebook, al cumplirse un año de trumpismo, ofrecerá a sus usuarios la oportunidad de comprobar si cayeron en las trampas que les tendieron los hackers de Vladimir Putin. El autócrata ruso logró acomodar desinformación sobre Hillary Clinton y a favor de Donald Trump que vieron 150 millones de usuarios en Facebook. Quienes respondieron “me gusta” (like) tendrán la oportunidad de saberlo. Pero, ¿querrán saberlo realmente? De ello podría depender el que aprendan a detectar esas manipulaciones en el futuro. Facebook les enseñará a defenderse de ellas. Al final del día, nos corresponde a nosotros, los ciudadanos, el aprender a discernir qué nos conviene políticamente. Esa es la principal moraleja del Príncipe de Maquiavelo, un manual no solo para aspirantes a tiranos sino también para quienes deseen protegerse de ellos.
La democracia norteamericana ha prosperado más no cuando los electores han votado por republicanos o por demócratas sino cuando han votado a favor de defender y promover sus intereses como ciudadanos libres y soberanos. Y eso no cambiará. Solo que cada vez se hará más difícil reconocer cuáles son nuestros verdaderos intereses. Creo que ese reconocimiento pasa por entender la importancia de preservar el estado de derecho y escoger líderes que sirvan esa causa, en vez de líderes dispuestos a socavarla para abusar de sus poderes, enriquecerse y satisfacer sus egos.
Periodista cubano.
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Esta historia fue publicada originalmente el 29 de noviembre de 2017, 4:52 a. m. with the headline "Un año de trumpismo."