¿Nueva era en Zimbabue?
Zimbabue, ese país que hasta en el orden alfabético está en la cola del mundo, fue una vez parte del sueño y feudo del colonizador y empresario Cecil Rhodes, de quien derivó su primer nombre moderno: Rhodesia del Sur. Rhodes aspiraba a que todo el oriente africano, desde Alejandría hasta Ciudad del Cabo, fuese una inmensa franja británica unida por un ferrocarril que sirviera, entre otras cosas, para transportar las inmensas riquezas minerales de gran parte de la región. Estuvo a punto de realizar su sueño y sus empresas eran casi indistinguibles de los intereses del Imperio Británico, pero su obra de filántropo se vio empañada por su codicia colonialista que le dio mala fama en el África negra. Zimbabue fue el nombre que le dieron los independentistas a lo que había sido poco menos que la finca de Rhodes y que Ian Smith intentó perpetuar con una república de blancos que nadie se atrevió a reconocer.
La nueva nación surgió a la vida internacional en 1980 bajo buenos auspicios. Los ingleses veían con beneplácito que el mal nombre de su herencia colonial —que, en alguna medida los avergonzaba— se viera lavado con el nacimiento de una república independiente que amparara los derechos de la mayoría. Los ex amos esperaban que el recuerdo de la explotación colonial fuese suplantado en la memoria colectiva de los zimbabuenses por el legado de la democracia. Aunque había habido guerrillas por más de una década, la transición fue civilizada e incruenta. El país estaba llamado a prosperar, aunque la riqueza —sobre todo las tierras— seguía concentrada en manos de unos pocos.
Pero los sueños no fueron más que eso: pura ilusión de ingenuos. El ascenso al poder del presidente Robert Mugabe en 1980 fue el inicio de una larga dictadura que acaba de terminar hace unos días con su renuncia forzosa. Las Fuerzas Armadas pasaron a Mugabe al retiro, incluso hasta concediéndole una pensión (cuando tal vez debieron fusilarlo) y el pueblo ha salido a celebrar con su alegría típica lanzando a la basura por millares las pancartas con la imagen del líder que avasalló a sus conciudadanos y que, como suele ocurrir en estos casos, conservó el poder por la fuerza y por el fraude. Al tiempo de su remoción, a los 93 años, era un apestado en medio mundo que, no obstante, se disponía a dejarle la presidencia a su joven mujer como se deja un trono. Para algunos eso era demasiado y los militares echaron del gobierno a la pareja e invitaron al vicepresidente Emmerson Mnangagwa, recién venido de un brevísimo exilio, a que asumiera la dirección del país.
Ahora todo es festejo y renovadas esperanzas, pero ¿habrá llegado en verdad la libertad y la bonanza para Zimbabue luego de todas sus calamidades históricas? ¿Estrenará por fin la democracia que los ingleses le legaron y que un cacique le arrebató como en un juego de manos? ¿Será que ciertos pueblos —como aducen algunos racistas— no están preparados para la convivencia civilizada y necesitan la permanente bota de los déspotas?
Tal vez es muy temprano para pronunciarse sin pecar de pesimistas o aguafiestas. Suspendamos mejor el juicio. Hagamos votos de que en ese rico y explotado país sus ciudadanos estén en camino de convivir en armonía amparados por las leyes en un Estado de derecho. Eso sería un triunfo no sólo para los zimbabuenses que hoy celebran en las calles con respetable ingenuidad, sino también para todos nosotros, para los hombres y mujeres libres del mundo, que somos ciertamente más ricos siempre que alguien —individuo o nación— se zafa las cadenas y que, con toda razón, nos sentimos envilecidos por la existencia de cualquier tiranía, no importa lo lejos que se encuentre.
Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.
©Echerri 2017
Esta historia fue publicada originalmente el 29 de noviembre de 2017, 5:24 p. m. with the headline "¿Nueva era en Zimbabue?."