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Jerusalén fuera del juego

Policías israelíes a caballo patrullan el 8 de diciembre la Ciudad Vieja de Jerusalén.
Policías israelíes a caballo patrullan el 8 de diciembre la Ciudad Vieja de Jerusalén. Getty Images

Ha producido gran escándalo que el presidente Donald Trump haya hecho buena, al fin, la decisión del Congreso de 1995 de reconocer a Jerusalén como la capital del Estado de Israel. Los críticos la consideran una declaración incendiaria en una zona tan volátil del mundo, un acto de enemistad hacia los países musulmanes (entre los que se cuentan algunos de nuestros principales aliados en la región) y una abdicación del arbitraje que Estados Unidos ha venido ejerciendo desde hace décadas en el diálogo palestino-israelí.

De alguna manera todo eso es cierto, sin embargo, el paso dado por el Presidente sirve también para desbloquear una situación que lleva años trabada, entre otras cosas, por el estatus en disputa de una ciudad que es santa para los tres grandes monoteísmos. Al poner todo el peso de su influencia a favor de la posición israelí sobre Jerusalén, Estados Unidos da por resuelto el dilema con la aceptación de un hecho consumado y dice “next”, pidiendo, implícitamente, a las partes que agilicen un diálogo que ya no contiene, o no debe contener, ese punto en disputa. Es, llevado al día de hoy, semejante a la manera expedita con que Alejandro resolvió el desenredo del nudo gordiano: de un tajo.

Si la conquista de Jerusalén Oriental durante la guerra de los Seis Días hace medio siglo es ilegítima, como aduce la comunidad internacional, por qué no también la partición de Palestina, que dio lugar al Estado de Israel en 1948, o la Declaración de Balfour (de la que acaba de cumplirse un siglo) al igual que las divisiones arbitrarias impuestas sobre las ruinas del imperio otomano al fin de la primera guerra mundial, como la anterior sumisión de Siria a los turcos y así, regresivamente: cruzados, árabes, bizantinos, sasánidas, romanos, seléucidas, macedonios, persas, babilonios, asirios, egipcios… hasta hundirnos en la antigüedad.

Hace tres mil años, un caudillo hebreo tomó una ciudadela y la convirtió en capital de un reino joven, así nació Jerusalén. Los descendientes de ese pueblo han afirmado, desde entonces, el derecho derivado de esa fundación a pesar de todos los sucesos y catástrofes ocurridos en esos tres milenios. Esa fidelidad y esa perseverancia legitiman como genuina reconquista la toma de Jerusalén en 1967 y su posterior anexión. Pedirle a los judíos que renuncien a Jerusalén, o que estén dispuestos a compartirla o negociarla, es no entender la Historia, su dinámica y hasta la acción simétrica que encuentra un equilibrio entre la recuperación de esta ciudad —inseparable de la identidad de Israel, como pueblo y como cultura— y la entrada en ella de Pompeyo, dos mil años antes, para suprimir su último reino independiente. Por eso le decía Churchill al diplomático Evelyn Shuckburgh en 1955: “Debes dejar que los judíos se queden con Jerusalén; fueron ellos quienes la hicieron famosa”.

Creo que el presidente Trump —aunque no pueda acusársele de estar al tanto, como Churchill, de estos accidentes históricos— ha hecho un acto de justicia al poner el enorme peso de este país a favor del pueblo al que cristianos y musulmanes por igual le debemos la religión y, en gran medida, la ética; pero, al mismo tiempo, se trata de una movida audaz que, contrario a lo que afirman sus críticos, puede servir para acelerar el diálogo entre israelíes y palestinos obligados a coexistir en un exiguo territorio. Con Jerusalén fuera de la agenda, la solución podría ser más factible.

Escritor cubano, autor de poesía, ensayos y relatos.

©Echerri 2017

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de diciembre de 2017, 5:43 p. m. with the headline "Jerusalén fuera del juego."

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