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Polonia y la mala memoria

Ex prisioneros de Auschwitz recuerdan el 27 de enero a los asesinados por los nazis en el tristemente célebre campo de exterminio en Polonia.
Ex prisioneros de Auschwitz recuerdan el 27 de enero a los asesinados por los nazis en el tristemente célebre campo de exterminio en Polonia. AP

Hace unos días, mientras Israel y todo el mundo libre conmemoraban el Holocausto, el gobierno y el Sejm o parlamento de Polonia consideraban un proyecto de ley para prohibir el culpar a los polacos de cualquier participación en esa siniestra y monstruosa aniquilación de judíos. La cámara baja lo aprobó. Se trata de una medida contraproducente y peligrosa que busca un revisionismo histórico inexcusable y una reducción al absurdo de la compleja verdad de lo que significó la ocupación nazi de Polonia.

En uno de los más aborrecibles acontecimientos de la historia, los nazis y los soviéticos se repartieron Polonia en 1939. Hitler mantuvo la ocupación hasta la derrota alemana a manos del ejército rojo y los aliados en 1945. En esos seis años convirtió el territorio polaco en una gigantesca zona de exterminio, con 457 campos de concentración en los que murieron seis millones de polacos, la mayoría judíos. Otros cinco millones trabajaron en ellos como esclavos. El más tristemente célebre fue el complejo de edificios de Auschwitz, Birkenau y Auschwitz III, cerca de Cracovia, donde los nazis asesinaron a un millón cien mil personas, el 90 por ciento de ellas judíos.

Desde entonces, muchos en Polonia han resentido cualquier referencia a la participación de sus antepasados en las monstruosidades nazis. Detestan, sobre todo, el uso impreciso de la expresión “campos polacos de exterminio”. El régimen comunista que instalaron los soviéticos inició el revisionismo histórico al prohibir de manera tajante, so de pena de ostracismo o cárcel, cualquier alusión a la complicidad polaca en el Holocausto o a la de Moscú en la invasión a Polonia. Ahora el gobierno ultraconservador de Andrzej Duda pretende reeditar ese revisionismo como parte de su programa populista, una mezcla tristemente de moda de nacionalismo, euroescepticismo y xenofobia.

Si prospera este esquema legal de censura, en Polonia se podría interrumpir una reveladora y necesaria búsqueda de la verdad histórica en la que participan historiadores, intelectuales y periodistas polacos, especialmente desde que desapareció la dictadura comunista. Su objetivo es llegar al fondo y al trasfondo de realidades que hicieron a Polonia vulnerable a la voracidad imperialista de rusos y alemanes, al antisemitismo, al comunismo y a las luchas fratricidas entre polacos. Ese valiosísimo debate ha permitido establecer que toda Polonia fue víctima del nazismo, pero que algunos polacos también fueron sus cómplices. Son aquellos que denunciaron a judíos y asistieron a los invasores durante la ocupación y en los campamentos de la muerte.

El origen de la complicidad de algunos polacos no fue únicamente el terror que inspiraban los nazis. También lo fue el arraigado antisemitismo de un sector de la población. Esa aberración había desencadenado pogromos contra los judíos incluso antes de que el primer nazi pisara Polonia. Persistió luego durante el régimen títere de los soviéticos en la forma de nuevas agresiones a judíos, en estereotipos como el de “judíos comunistas” y la disparatada teoría de que existe una conspiración judía para adueñarse del planeta.

El más célebre e influyente de todos los polacos, Juan Pablo II, denunció la aberración con elocuencia durante su primera visita como Papa a su tierra natal y en Nostra Aetate, su declaración sobre las relaciones entre el catolicismo y otras religiones. “Nos sentimos compelidos”, dijo Juan Pablo, “a rogarles a nuestros hermanos y hermanas judíos que nos perdonen… Lamentamos sinceramente todos los incidentes de antisemitismo en cualquier época –y por parte de cualquiera– que se haya perpetrado en suelo polaco”.

El antisemitismo que con honestidad lamentara el Papa se ha mitigado, pero no ha desaparecido de Polonia ni siquiera hoy, tal y como sugiere el tono crispado y agresivo de la campaña revisionista que ha emprendido el presidente Duda. Ninguna ley podría ocultar ni disimular el problema. De ahí la importancia de mantener vivas las investigaciones y la discusión pública sobre la participación de algunos polacos en la persecución de los judíos y otras víctimas de los nazis. El gobierno de Israel se lo está exigiendo a Duda. Y lo mismo deberían hacer otras democracias conscientes de que la censura y el olvido son una fórmula segura para que se repitan los grandes crímenes de la historia.

Periodista cubano.

Siga a Daniel Morcate en Twitter: @dmorca

Esta historia fue publicada originalmente el 31 de enero de 2018, 4:39 a. m. with the headline "Polonia y la mala memoria."

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