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Entre Escila y Caribdis

La situación del primer ministro griego Alexis Tsipras, más desesperada y más sin salida de hora en hora, parece situarlo entre dos monstruos mitológicos de su patria ancestral: Escila y Caribdis que, ante de ser localizados en el estrecho de Mesina, tipificaban dos peligros mortales para los navegantes: un arrecife y un pavoroso remolino, tan próximos que escapar de uno significaba inevitablemente caer víctima del otro. Decir “entre la espada y la pared” es una manera más moderna y vulgar de señalar lo mismo.

Solito él se ha metido en el estrecho que conduce al hábitat de ambos monstruos y, en el momento en que esto escribo, no parece que haya nada que pueda salvarlo, acaso en buena hora, que el destino de estrellarse o de ahogarse es lo que merecen los demagogos que embaucan a los pueblos con programas irrealizables por pura ambición de poder o desmedidas ilusiones. No seré yo quien vaya a lamentar el desastre de Tsipras, pero me apena el pueblo griego que lo llevó al poder porque les prometía salirse con el almuerzo gratis. No hay free lunch, pero es triste que los más pobres —a quienes la plataforma de estos izquierdistas desbocados prometiera la panacea— sean ahora, como ha ocurrido siempre, los llamados a sufrir más.

Llevamos seis meses viendo este duelo de esgrima entre el premier griego y sus homólogos europeos que son también sus acreedores: con los nervios en tensión han estado los jefes de Estado de la Eurozona y sus ministros de economía y los banqueros, amén de otros acreedores como el Fondo Monetario Internacional, pendientes día a día de llegar a una solución que respete los compromisos de la deuda griega, aunque las obligaciones del reembolso se flexibilizaran. Más de una vez, a última hora, cuando políticos y economistas empezaban a respirar, el acuerdo con los griegos fallaba, y fallaba porque Tsipras le había prometido a sus electores un imposible: negociar la deuda sin imponer medidas de austeridad. La austeridad, severa, es inevitable; su alternativa es la bancarrota y la miseria.

Acorralado por su propio discurso, Tsipras ha recurrido a la desesperada acción de convocar un plebiscito en el que al pueblo griego se le pide, mediante un “No” y un “Sí” que rechace o respalde la austeridad que exigen los prestatarios. Esta decisión le ha cerrado las puertas del diálogo y le ha puesto a merced de una consulta electoral que, sea cual fuere el resultado, siempre le será adverso. Si la mayoría —aunque no abrumadora, según las últimas encuestas— apoyara la política oficial votando por el “NO”, casi automáticamente Grecia se vería —en la práctica— fuera de la Eurozona para no tardar en convertirse en un país pobre del tercer mundo. Tsipras y su partido, a quienes los griegos responsabilizarían, con toda lógica, de este desastre, estarían frente a una situación ingobernable. Si, por el contrario, los griegos votaran el domingo a favor de la austeridad —de suyo un voto en pro del status quo ante, de volver a la situación anterior a que estos locos llegaran al poder—, Tsipras se vería precisado a renunciar: así lo ha prometido, además, sin que nadie se lo pidiera. De manera que el fin de este gobierno griego puede certificarse sea cual fuere el resultado del plebiscito del domingo.

Lo positivo que esto puede tener es la lección de economía y de política que todos hemos recibido a lo largo de los últimos meses, de cuan imperiosas pueden ser las leyes del mercado, por flexibles que nos parezcan, y de cuan ridículos y absurdos pueden sonar, frente a la sensata frialdad de las cifras, los alardes populistas y las radicales consignas de barricada.

Gobernar es y debe ser un ejercicio de sensatez, sobre todo en la esfera de las naciones desarrolladas. Los vociferantes enloquecidos sólo pueden medrar y permanecer en el poder en los territorios de la opresión y del atraso donde los derechos ciudadanos se vulneran sin consecuencia. Esa es la diferencia, una de las más obvias, entre una democracia real y una de pacotilla. Tsipras quiso saltarse las reglas del juego y hacer política como en los traspatios de la historia y ahora tiene que elegir entre estrellarse o desaparecer en el remolino que él mismo provocara.

©Echerri 2015

Esta historia fue publicada originalmente el 2 de julio de 2015, 6:45 p. m. with the headline "Entre Escila y Caribdis."

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