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Orfandad responsable

La reanudación de plenas relaciones diplomáticas entre Estados Unidos y Cuba luego de un hiato de 54 años ha provocado titulares y ha suscitado expectativas y reacciones. Dentro y fuera de Cuba, los ignorantes —y algunos que mucho saben o que presumen de saber— se muestran optimistas, pronostican cambios a corto y largo plazo, hacen apuestas por la prosperidad e incluso por la libertad —que hay ilusiones para todos. Otros, los aguafiestas, entre los que me incluyo, creemos tener razones para el pesar y para el pesimismo: el espaldarazo yanqui es lo que más perentoriamente necesitaba esa tiranía decrépita para seguir viviendo y el presidente Obama se lo ha ofrecido a poquísimo costo, como si lo agobiase la fatiga por esta larga enemistad.

Somos aún unos cuantos los que perseveramos en el odio a los opresores (que, según el joven Martí, es definición del amor a la patria), y el odio y el asco se acendran en presencia del chapoteo en el chiquero de los Castro del que emana —como siempre pasa cuando se revuelven las heces— una hediondez intolerable. Que el gobierno de Estados Unidos (reduciendo éste a la rama ejecutiva que encabeza Obama) haya querido pasar página y avanzar en la política de acercamiento, es su indiscutible prerrogativa, pero en nada obliga a los que la creemos errónea.

Una muestra de la perseverancia en el rechazo la difundió este lunes el noticiero de la BBC cuando, en el momento de izar la bandera en la embajada cubana en Washington, era perfectamente audible la consigna de “Cuba sí, Castro no” que coreaban los opositores del otro lado de la verja. Los que aspiramos a la democracia para nuestro país no podemos conformarnos con un arreglo que la compromete y que, en el mejor de los escenarios, pone cualquier cambio de régimen a la distancia de una generación.

En nuestro exilio no sólo se daba por sentada la actitud de Estados Unidos hacia el castrismo, sino que, por muchos años ya, habíamos transferido nuestra colectiva responsabilidad e iniciativa en los asuntos cubanos al gobierno de aquí, del cual esperábamos —y a veces exigíamos— que resolviera manu militari esta catástrofe nuestra y, tal como hiciera en 1902, nos devolviera la casa luego de habérnosla saneado y puesta en orden. Ese era el escenario ideal, el más cómodo, y a ese apostamos muchos de nosotros, aunque algunos no se atrevieran a enunciarlo.

Pero Estados Unidos, como es de suponer, tiene su propia agenda e intereses que no tienen que coincidir con los nuestros, aunque en la práctica hayan coincidido en muchos aspectos en las últimas décadas. Los exiliados cubanos del siglo XIX no sólo le hicieron la guerra al régimen colonial sin el apoyo de Estados Unidos, sino violando las leyes de neutralidad de este país, que tenía plenas relaciones diplomáticas con España y que en más de una ocasión frustró la salida de expediciones y confiscó los pertrechos que de aquí se enviaban al campo insurrecto. La intervención militar norteamericana, que ciertamente decidió la derrota de España al final, fue también el resultado del cabildeo de un exilio inteligente y comprometido que, a través de sus amigos de la prensa, supo ganarse la opinión pública. Inteligencia política y compromiso, sobre todo de los más pudientes de los nuestros, son ingredientes del que hemos andado muy escasos en estos últimos cincuenta y tantos años.

Estados Unidos se ha cansado de una política hacia Cuba que estima improductiva y ensaya el acercamiento con un régimen que no ha hecho nada sustancial para merecer ese cambio. Desde nuestro punto de vista, ese paso es moralmente reprobable y puede ser —y deseamos que resulte— fallido; pero es innegable que es una decisión soberana de quienes dirigen aquí la política exterior a favor de sus intereses —como debe ser— y no de los nuestros. Si Estados Unidos reconoce, como acaba de hacer, a la tiranía de los Castro como un Estado legítimo, no será la primera vez que hace algo así ni esa tiranía es la peor del mundo. Este país tiene relaciones diplomáticas con China y con Arabia Saudita, como alguna vez las tuvo con la Rusia de Stalin, la Alemania de Hitler y la Rumania de Ceausescu. El escrúpulo moral con Cuba a lo largo de todos estos años es más bien lo insólito.

Este cambio de política puede privarnos ahora de un aliado, pero en nada nos compromete. Estados Unidos puede amistarse con el castrismo; pero los que aspiramos a su remoción no tenemos por qué hacerlo. Más bien es hora de que asumamos la mayoría de edad en esta larga lucha y que los que encabezan nuestra comunidad y tanto presumen de su triunfo económico sepan que ha llegado el momento de respaldar con hechos —con dinero— los ideales que tanto dicen defender.

© Echerri 2015

Esta historia fue publicada originalmente el 22 de julio de 2015, 1:14 p. m. with the headline "Orfandad responsable."

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