El menos malo
La pregunta se pasea por nuestras mentes, recorre las páginas de los diarios y los comentarios políticos en la radio y la tele y llega hasta la mismísima mesa de planificación y damage control de nuestros partidos políticos, especialmente del revuelto Partido Republicano: ¿cómo es posible que un candidato canalla, es decir, demagogo, superficial e irresponsable como Donald Trump disfrute tanto tiempo de popularidad entre un sector importante del electorado? En respuesta se ha hablado hasta el cansancio de su abundante dinero, del resentimiento social de muchos de los que le apoyan, de su destreza mediática. Podría hablarse, además, de que a un sinnúmero de votantes les gustan los candidatos que se portan mal porque tienen sus mismas debilidades y prejuicios, su misma visión miope y boba de la vida y de la gente, en fin, se les parecen como gotas de agua, son como ellos o peores solo que apenas los padecen sus familias y algunos que otros conocidos.
Agréguense a estos y otros factores las dificultades prácticas que enfrentan los votantes para seguir una campaña electoral, en particular una como la actual puja por la presidencia en la que ni siquiera reconocemos a la mayoría de los postulantes a menos que nos dediquemos profesionalmente al asunto. Y sin embargo siempre es posible trazar una estrategia razonable para escoger al menos malo (pues de eso se trata), sobre todo cuando la oferta es tan variada que en ella proliferan los mediocres y demagogos, como Trump. El primer paso debería ser el tener bien claro lo que se busca en un candidato a la presidencia, considerando cuáles son los principales retos de nuestro país y nuestras comunidades específicas. Para ello conviene preguntarnos qué nos motiva e inquieta como ciudadanos de a pie. Luego llega el momento más difícil, el de averiguar y acumular datos sobre cada uno de los aspirantes.
Lo bueno durante esta segunda fase es que, en una campaña importante como la presidencial, abunda la información sobre los contendores. Está en su literatura electoral, en los informes de prensa, en sus discursos pequeños, medianos y grandes, en su publicidad y en los debates y entrevistas a los que se someten. Armados de este valioso arsenal podemos evaluar preliminarmente a todos, para acto seguido escarbar en su pasado con el fin de determinar si tienen o no un historial de liderazgo y si serían capaces de defender sus ideas y valores en buena lid, sin esquivar presentaciones públicas, encuentros con organizaciones cívicas y diálogos con quienes visten colores políticos o sostienen criterios diferentes a los suyos. Aquellos que se niegan a cotejar sus ideas probablemente gobernarían solo para quienes piensan como ellos.
La comparación de ideas también se vale para los votantes. Por eso, otra fase necesaria ha de ser la de consultar las opiniones que de los aspirantes se han formado otras personas a las que respetan, familiares y amigos o algunos de esos expertos a los que han aprendido a estimar no tanto porque coinciden a menudo con sus opiniones, sino porque suelen expresar las suyas con sensatez y honestidad. Ayuda asimismo el averiguar qué entidades públicas han brindado su apoyo formal a los candidatos, cuáles se lo han negado. Y por qué. ¿Les respaldan los sindicatos, los gremios, los grupos de derechos civiles, los bancos de Wall Street, las corporaciones, gobiernos extranjeros (aunque es ilegal, algunos como el chino siempre se las arreglan para involucrarse en nuestras campañas)? Y ese apoyo, ¿va acompañado de donaciones? Se ha vuelto imposible calibrar adecuadamente a un candidato sin indagar primero de dónde proviene el dinero de su campaña y cómo lo está utilizando.
La forma de hacer campaña dice muchísimo de los aspirantes. Al votante le conviene aprender a detectar las técnicas de distorsión y difamación que utilizan o bien ellos o bien sus allegados: los insultos personales, los rumores falsos, la culpabilidad por asociación, las frases hechas y las promesas incumplibles. Pertrechado de alguna estrategia como ésta y de paciencia, mucha paciencia, llegará la hora de escoger que, como ya vimos, significa votar por el que parezca menos malo. Y votar con la nariz tapada. Por si acaso.
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Esta historia fue publicada originalmente el 29 de julio de 2015, 0:33 p. m. with the headline "El menos malo."