Testigos de una abominable tradición
El espectáculo de una multitud de jinetes —y algunos hombres a pie— dedicada a acosar y alancear a un toro hasta matarlo es tan cruel y repugnante que uno se asombra de que todavía encuentre defensores en nombre de la tradición. Sin embargo, esta semana, el llamado “torneo del Toro de la Vega” se ha repetido en la localidad de Tordesillas (España) como parte de las fiestas de Nuestra Señora de la Peña que comienzan cada año el 8 de septiembre.
Si ya la corrida de toros nos parece a muchos un rezago de barbarie, al menos es un duelo entre dos individuos (aunque la fuerza del toro se vea bastante disminuida por la acción de los banderilleros) en que el torero corre grandes riesgos, incluso el de perder la vida, como ha ocurrido más de una vez. El “torneo” de Tordesillas no es más que el linchamiento de un animal inocente hostigado y perseguido por una turba sedienta de sangre. Si constituye una tradición, es de las más atroces.
Este crimen disfrazado de deporte no se celebra, desde luego, sin una creciente oposición, que este año sacó a las calles a miles de manifestantes en varias ciudades de España, que ha dado lugar a campañas en diversos medios y redes sociales y que llevó a un grupo numeroso a la propia ciudad de Tordesillas con el propósito de interrumpir la fiesta mediante actos de desobediencia civil. El enfrentamiento entre partidarios y opositores del torneo se produjo esta vez en medio de gran tensión y fuerte presencia policial con un saldo de numerosos arrestos y heridos.
Es curioso que el gobierno de Franco, defensor como pocos de las tradiciones españolas, fuera susceptible a las protestas que ya suscitaba el Toro de la Vega y, en 1966, prohibiera el rejoneo del animal en campo abierto con el fin de darle muerte; pero cuatro años más tarde, se rindió a las presiones de varias personalidades y se volvió a autorizar el torneo en su forma tradicional, en la cual pervive todavía.
La crueldad con los animales se ha ido haciendo más visible y menos tolerada en la medida en que ha aumentado entre humanos la conciencia del respeto a la vida y al derecho a existir de los otros seres que pueblan el planeta y, sobre todo, creo yo, aunque se aduzca menos, por darnos cuenta de que nuestra humanidad está ligada, cada vez más, a nuestra conducta, tanto en la sociedad como en nuestro entorno natural, y que esa conducta, si es compasiva y solidaria, servirá para enaltecernos —como individuos y como especie— o, de lo contrario, obrará como un instrumento de autodegradación.
Cuidar y proteger a animales y plantas, tanto como a nuestros semejantes, nos hace mejores, así como incurrir en actos de gratuita crueldad, o consentirlos pasivamente, nos envilece, como personas y como grupo. De ahí que no podamos sentir indiferencia cuando las noticias nos muestran a un pobre toro acosado por una multitud de vociferantes matarifes que manifiestan sus peores instintos en nombre de una tradición que sólo debería avergonzarlos. No importa que eso no pase en nuestro barrio ni en nuestro municipio, sino en una pequeña ciudad española a orillas del Duero. Las comunicaciones hacen entrar la escena en nuestra casa y ya, como cualquier otra tragedia distante, no nos podemos dar el lujo de ignorarla. El Toro de la Vega acaba de ser alanceado ante nuestros ojos y nuestra agredida humanidad exige el cese de ese ritual feroz.
©Echerri 2015
Esta historia fue publicada originalmente el 18 de septiembre de 2015, 0:49 p. m. with the headline "Testigos de una abominable tradición."