ANDRÉS REYNALDO: El sueño de Francisco
A punto de tomar el avión hacia Estados Unidos, el papa Francisco estrecha la mano de Raúl Castro y se la lleva al corazón. Digamos que es un gesto de entusiasmo, más que de afinidad. Sin embargo, acusa una insoportable ligereza. Francisco es el paladín de los oprimidos, la voz de los que no tienen voz, y Raúl es la segunda persona en rango de responsabilidad por la destrucción de Cuba, no solo en su patrimonio material sino también espiritual.
Apenas al levantar vuelo de Santiago de Cuba, Francisco declaró que no tenía noticias de la detención de opositores. Cuatro de ellos, recordemos, fueron apresados delante de sus santas narices. Daba por hecho que algunos habían faltado a sendas invitaciones a la Nunciatura y a la Plaza de la Catedral. Saludó a todos, dijo, pero nadie se identificó como opositor. Sobre la posibilidad de reunirse con ellos, agregó: “No puedo decir sí, no; no sé, directamente no sé. ¿Me gustaría? ¿Qué sucedería? Esas preguntas son futuribles”. Puede que para otros esta declaración solo conlleve una jesuítica oscuridad. Para un cubano, más claro ni el agua.
No vamos a rebajar el discurso y decir que Francisco es un simpatizante del castrismo. Castrista no es, siquiera, el cardenal Ortega. Aunque mucho se esfuerce en parecerlo. La visita, a grandes rasgos, es benéfica. Hablar en Cuba de la unidad de la familia, la solidaridad, el respeto a los abuelos, el deber de servir por encima de las ideologías y el amor a Cristo implica un desafío a la estructura de la dictadura y una crítica a Fidel y Raúl, que son las dos únicas fuentes reales de poder desde hace medio siglo. No importa que el mensaje sea críptico y hasta timorato. Tengamos fe en que Francisco atiende a un diseño trascendente. Cree que ha desatado el nudo de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos. Suponemos que quiere desatar el nudo entre el pueblo y la dictadura. En la medida en que cada cubano sea libre para sí, acabará por ser libre también respecto a sus opresores. Acceder a la libertad por Cristo. Como el de todo buen pastor, ese debe ser el sueño de Francisco.
Pero las contradicciones del sueño de Francisco son como para no dejarnos dormir. En esta visita se ha practicado una burla, y se hace difícil acertar si Francisco queda del bando de los burlados o del bando de los burladores. Porque del universo de las preguntas futuribles hay por lo menos tres que necesitamos contestarnos ahora.
▪ ¿No se da cuenta de que el repugnante encuentro con Fidel apenas puede ser entendido en un elitista plano metafísico como la frívola curiosidad de un hombre de bien por conocer la decrépita fuente de un mal radical?
▪ ¿No se da cuenta de que su ninguneo a la oposición y al exilio erosiona la autoridad moral que la Iglesia va a necesitar en cualquiera de las coyunturas venideras de la nación?
▪ ¿No se da cuenta de que está bendiciendo ante el mundo la mezquina propuesta de Raúl a la nación: transición dinástica o guerra civil?
Probablemente, la mirada de Roma hacia Cuba no pueda ser más iluminada, valiente y transformadora que la de la propia jerarquía católica insular. Unos hombres molidos hasta la insustancialidad por la dictadura. Hablan sin levantar la cabeza. Caminan con los hombros caídos. Toman acomodo por apertura, obsequiosidad por diplomacia. No los condeno. De algún modo Fidel y Raúl nos han molido a todos. Francisco vino a vernos con los ojos del cardenal Ortega. Es decir, con los ojos vendados.
Esta historia fue publicada originalmente el 24 de septiembre de 2015, 3:31 p. m. with the headline "ANDRÉS REYNALDO: El sueño de Francisco."