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Pecados y milagro del Gran Pescador


Una multitud recibe al papa Francisco en la Plaza de la Revolución, en La Habana, el 20 de septiembre.
Una multitud recibe al papa Francisco en la Plaza de la Revolución, en La Habana, el 20 de septiembre. Getty Images

La reciente visita del papa Francisco a Cuba —y su complaciente y hasta obsecuente actitud hacia los que mandan en esa isla cárcel— ha tenido un efecto prácticamente unánime entre los católicos del exilio cubano: los ha convertido en luteranos, aunque sigan yendo a misa con el corazón roto y la lealtad en una encrucijada: entre la que le deben al liderazgo de su Iglesia y la que también le deben a su propia conciencia. La mayoría, me atrevo a creer por las muchas opiniones que he oído al respecto, ha optado por obedecer primero la voz de su interior, llegando incluso a denostar del Papa y a desearle que Dios no tarde en darle entrada en Su presencia.

Los católicos cubanos no son los únicos que se han escandalizado por el silencio del pontífice ante los crímenes y desmanes de esta tiranía y su falta de explícita solidaridad con sus disidentes y sus víctimas. Comentaristas y editoriales de prensa han criticado la manifiesta duplicidad de un papa que no cesa de condenar la explotación de los más pobres y más débiles y que, cuando visita uno de los pocos bastiones del totalitarismo comunista, opta por autocensurarse y hacerle carantoñas al poder, incluida una visita obsequiosa a Fidel Castro, genuina encarnación del mal —responsable del hundimiento físico de su país y del envilecimiento de su pueblo— al tiempo que rehúsa encontrarse con los que se oponen a ese régimen.

Se trata, en mi opinión, de un vanidoso ejercicio de autocomplacencia: el Papa se siente tan satisfecho de los resultados de su mediación entre los gobiernos de Cuba y Estados Unidos —que ha dado lugar al restablecimiento de relaciones diplomáticas entre ambas naciones— que no quiere hacer nada que pueda poner en peligro el triunfalismo de ese pacto ni reducir o diluir la influencia de una Iglesia que no aspira a que los cubanos sean libres ni a que el régimen cambie, sino a que se reforme como resultado de la presión de sus iguales (como si dijera, que la admisión de un zarrapastroso impresentable en un club de personas decentes puede inducir a aquél a mejorar sus hábitos groseros) otorgándole a la Iglesia mucho mayor espacio para operar.

Para justificar ante sí mismo esta doblez moral, el Papa debe estar convencido de que Raúl y Fidel Castro no son más que ovejas descarriadas del redil católico, en cuyo rescate el buen pastor no debe escatimar esfuerzos. Por eso fue hasta el cubil de este vejete criminal con los sermones del Padre Llorente (mentor y director espiritual de Castro en los tiempos en que este cursaba estudios secundarios con los jesuitas) para insinuarle que la Iglesia da siempre segundas y terceras oportunidades y que es el lugar al que pertenece a pesar de sus muchos delitos. En este empeño por el rescate del alma de los Castro y todo lo que podría traer en el jamo, el Gran Pescador no teme ofender a las víctimas del castrismo ni infundirles desánimo. Debe creer —pecando de arrogancia y de soberbia, a pesar de su pregonada humildad— que él sabe más que los cubanos de sus propios problemas.

En verdad, la visita de Francisco a Cuba sirvió para insistir en la legitimación de un régimen espurio y para alienar a muchos cubanos que tenemos nuestros amores y nuestros odios muy claros e incontaminados. Su mayor milagro, el que toda una comunidad haya puesto en duda su magisterio, no muy lejos de lo que le ocurrió hace casi quinientos años a un notable monje alemán.

©Echerri 2015

Esta historia fue publicada originalmente el 30 de septiembre de 2015, 1:45 p. m. with the headline "Pecados y milagro del Gran Pescador."

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