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Una política titubeante y mediocre

Los misiles y las bombas rusos que llevan cayendo una semana sobre posiciones rebeldes en Siria (tanto del llamado Estado Islámico como de otras fuerzas que se oponen a la dictadura de Bashar al-Assad) tienen, como finalidad real —más allá de los estragos que puedan causar en sus objetivos y del respaldo al régimen sirio— afirmar la presencia imperial rusa en el Oriente Medio, es decir, en el traspatio de la OTAN y, de paso, poner en entredicho el liderazgo y el poder de Occidente, y de Estados Unidos en particular, en esa región.

Se trata de un pulseo en el Mediterráneo oriental en el que, hasta ahora, Vladimir Putin se muestra con ventaja frente a los titubeos, las cautelas y las torpezas del presidente Obama, que nos ha salido como la versión corregida y aumentada (duplicada en número de años) de Jimmy Carter y que viene a probar, una vez más, que allí donde Estados Unidos no esté dispuesto a meter el brazo, otros lo meterán y que donde este imperio rehúse ejercer sus poderes, otros lo ejercerán. Como tanto se ha dicho, las fuerzas políticas internacionales y los sistemas hegemónicos no consienten el vacío: donde una fuerza cualquiera se retire, otra rival necesariamente lo ocupará. El mundo entero es el teatro de estas pujas y la tranquilidad y prosperidad con que vivimos aquí y en Europa se debe, sobre todo, al gran garrote de Occidente que se cierne sobre las tierras bárbaras, muchas de las cuales andan hoy peor que cuando eran colonias. Blandir ese garrote y usarlo eficazmente cuando llega la ocasión es un deber para la civilización a la que está llamado a defender.

El caso de Siria es un ejemplo de manual: un despotismo sanguinario y aliado del régimen iraní (apoyo del principal grupo terrorista Jezbolá, que persigue la destrucción de Israel) donde comienza un movimiento subversivo —extensión de la “primavera árabe” que los gobiernos occidentales miran con simpatía; pero no con el suficiente grado de compromiso. Quieren —Estados Unidos, Francia, Gran Bretaña y demás— sacar ventaja de los aprietos del Sr. Assad, aspiran a su deposición, pero, en un principio, no contemplan ni siquiera una moderada intervención aérea —mucho menos plantar soldados sobre el terreno, que es lo que demanda la aplicación de una política eficaz. El resultado es —lo tenemos a la vista— la fragmentación territorial, el surgimiento del EI (que no debía haber sobrevivido ni un solo día), el sangriento atrincheramiento de Assad y la crisis migratoria que se ha volcado sobre Europa. A esto puede sumársele el acrecentamiento de mediación armada rusa e iraní en menoscabo de nuestras esferas de influencia.

Ahora la OTAN se muestra inquieta por las recientes violaciones del espacio aéreo turco por aviones de guerra rusos y Estados Unidos anuncia que entregará armas a algunas de las fuerzas rebeldes ya existentes. Esto suena demasiado poco y tal vez llega demasiado tarde. Es posible que el próximo capítulo sea una guerra entre rusos y norteamericanos librada por terceros, una especie de prueba de sistemas de armamentos sobre blancos reales, pero sin que Estados Unidos y sus aliados se comprometan a fondo y, casi seguramente, sin alterar de manera decisiva, en el corto plazo, el status quo. Es decir, una chapucería —una más— que no servirá para la pacificación efectiva de la región ni para revertir la pavorosa crisis humanitaria que ha llevado a docenas de miles a correr hacia Europa. El Sr. Obama debe sentirse satisfecho con su política de mediocres tanteos; muchos de nosotros no.

©Echerri 2015

Esta historia fue publicada originalmente el 10 de octubre de 2015, 3:21 p. m. with the headline "Una política titubeante y mediocre."

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