La empresa que forjó un nuevo mundo
Más de cinco siglos después del viaje de Cristóbal Colón y del descubrimiento —para los europeos— de las tierras de América, la empresa que nos hizo parte de Occidente es un tema polémico. En nombre de un indigenismo estereotipado y enfermizo se execra la conquista de estas tierras como un crimen de lesa humanidad, un genocidio, al tiempo que se idealizan las culturas precolombinas. En un escenario muy simplificado —pero que va acrecentando su arraigo tanto en Iberoamérica como en Estados Unidos y Canadá— los indígenas de este continente, se nos dice, vivían en sociedades poco menos que paradisíacas que los europeos transformaron en infiernos. Lo más anómalo de este discurso es que se enuncia en español, en inglés, en portugués, las lenguas de los conquistadores, y a partir de presupuestos morales que también nos llegaron de Europa: la doctrina del amor al prójimo de que es portador el cristianismo.
“Cuando vinieron a conquistarnos”, “cuando nos expoliaron”, “cuando nos sometieron”, son expresiones que se escuchan o se leen a diario en libros y medios de prensa —y que ya han sido lugares comunes de cierta historiografía y de cierta literatura por bastante más de un siglo. Y quienes esto afirman —en el caso particular de Hispanoamérica— se apellidan Fernández, Suárez, Martínez, para no mencionar apellidos más conspicuos, y estos autores pueden ser mestizos, como son tantos en nuestras tierras, o incluso obviamente blancos, lo cual hace aún más extravagante el uso de la primera persona del plural en su denuncia, que desde luego hacen en español. ¿Habrase visto mayor contrasentido?
La llegada de los europeos a este continente y la conquista que siguió significaron un avance para las culturas indoamericanas que, de un estadio semejante a Sumeria, en el caso de las más adelantadas, se vieron lanzadas a las puertas del Renacimiento. Ese salto no se llevó a cabo sin crueldades ni sangre, tal como ha sido siempre, tristemente, a lo largo de la peripecia humana; pero aun el régimen de servidumbre impuesto por los conquistadores como rezago de su propia economía feudal, resultó (sobre todo en el caso de los imperios de tierra firme más que en las primitivas islas del Caribe), menos odioso que los despotismos locales en que unas cerradísimas aristocracias mantenían como mero rebaño a millones de individuos. El concepto de persona también cruzó el Atlántico —sobre todo de mano de los frailes— para terminar por enaltecer a las sometidas poblaciones indígenas.
Hispanoamérica sería un auténtico crisol —mucho antes de que Estados Unidos lo fuera y en sentido tal vez más radical. España se entregó a esa fusión con lo que tenía —virtudes y vicios a la par— para dar lugar a los nuevos pueblos que nacen de ese encuentro, herederos de la religión, el idioma y las tradiciones culturales que llegan de Europa y que, ciertamente, son ingredientes de una civilización superior (aunque esta última categoría moleste a muchos). Las taras, políticas y sociales, que han aquejado tanto a nuestros países, también estaban dadas en los elementos que se fundían, de suerte que los resultados no podrían haber sido distintos.
La conquista de América por los europeos es un hecho radical e irreversible, como son siempre los hechos históricos. El mundo indígena —salvo por la supervivencia de algunos bolsones lingüísticos y de algunas expresiones folclóricas— es un mundo abolido, esencialmente ajeno para la inmensa mayoría de los habitantes de esta región. Sobre sus ruinas habría de surgir uno nuevo al que pertenecemos. En las naves de Colón comenzaron a llegar los hombres que habrían de engendrarlo.
© Echerri 2015
Esta historia fue publicada originalmente el 14 de octubre de 2015, 1:54 p. m. with the headline "La empresa que forjó un nuevo mundo."