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De la vida y la muerte

El 1 de noviembre, Brittany Maynard, una norteamericana de 29 años que padecía de cáncer terminal del cerebro, se suicidó asistida por médicos en el estado de Oregón, donde esta práctica civilizada es legal. Frente al diagnóstico de un mal irreversible, Maynard había decidido, en plena posesión de sus facultades, que no quería sufrir, ni imponerle a los suyos, el horror de las últimas etapas de su enfermedad. Mediante la dosis exacta de una sustancia letal, murió apaciblemente acompañada de sus seres queridos, ajena a la pavorosa parafernalia que suele rodear a los moribundos de una enfermedad atroz. Su ejemplo ha servido para revivir el tema que, desde luego, tiene connotaciones religiosas.

A principios de mes, el más alto funcionario del Vaticano encargado de la bioética de la Iglesia calificaba de “reprensible” el suicidio asistido de Maynard y, hace apenas unos días, el papa Francisco definía el movimiento del derecho a morir como “falso sentido de la compasión” y la eutanasia como “un pecado contra Dios y la creación”.

A pesar de las pruebas de liberalidad que ha dado este papa, tropezamos aquí con uno de sus límites: la creencia de que el Creador no sólo es fuente generatriz de la vida (lo cual podría ser aceptable), sino que interviene personalmente en cada fecundación y en cada deceso, de ahí por qué cualquier intervención más activa de nuestra parte en el proceso de nacer y morir (ya se trate de la fertilización in vitro, de la investigación con células embrionarias o de la eutanasia) sea incursionar en los dominios exclusivos de la Deidad, asumir en alguna medida el papel de Dios.

Debe usted entender y aceptar —sobre todo si es catolicorromano— que Dios está presente en el útero que concibe un feto con monstruosas deformaciones corporales o mentales, fruto de taras heredadas, en ocasiones impuestas a la madre por una violación que, de paso, le impregna unos genes anómalos. Este Dios —que, según el relato del Génesis, es el mismo alfarero que hizo al hombre del barro— o bien no es tan perfecto como nos dicen o tiene un costado sádico para, de vez en cuando, sorprendernos con alguna criatura chueca. Sadismo semejante al de exigir que muramos agónicamente, en medio de las indignidades del delirio, los humores corruptos, los gritos y las heces antes que abreviar dignamente ese horror con ayuda científica, como acaba de hacer Britanny Maynard.

Hace apenas dos días, un amigo me contaba el trauma que fue para él, siendo niño, haber asistido al final de una criada de su casa que murió de un cáncer terrible, para paliar el cual la morfina terminó por resultar inútil. Aún le parece, por momentos, oír los terribles alaridos de la mujer que, por piedad, su abuela no quiso dejar que muriera en un hospital. ¿Hay derecho a defender esa tortura por un escrúpulo religioso que proviene de la ignorancia de otro tiempo en que sabíamos tan poco de la vida y la muerte?

Dios, de existir, tiene que ser una pura fuerza creadora, ajena en absoluto a los accidentes genéticos que hacen nacer a un niño con síndrome de Down o con espina bífida, ajeno también al vasto repertorio de enfermedades que asuelan a todos los seres vivos. Ese Dios minucioso, que interviene en el acto de la fecundación y a quien le atribuyen el papel de las mitológicas parcas, es, precisamente por esos atributos, una suerte de numen primitivo —no muy distante de Moloch—, un ídolo que nos lega la milenaria tradición del desierto semita.

La libertad, que es condición esencial de nuestra humanidad, de mano de la ciencia, nos llevará a dominar cada vez más los misterios de la vida y a desempeñar un papel más decisivo en el diseño de nuestro destino, como especie y como individuos. Nuestra intervención, por vía de la genética, mejorará notablemente la calidad de los seres humanos y, en tanto prosigue la lucha contra las enfermedades que nos amenazan y condenan, aumentará la conciencia de que tenemos derecho a morir dignamente sin la interposición de ningún credo.

Brittany Maynard, que decide adelantar su muerte, para librarse de un terrible final y evitarle sufrimiento a los suyos, es pionera de los nuevos tiempos, en tanto el papa y su Iglesia persisten en una visión de la vida humana estrecha y regimentada que sirve para perpetuar el sufrimiento. Aunque la ignorancia se apega a las supersticiones, el futuro pertenece al conocimiento y a la libertad, no lo dudéis.

©Echerri 2014

Esta historia fue publicada originalmente el 21 de noviembre de 2014, 1:00 p. m. with the headline "De la vida y la muerte."

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