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Ausencia del estadista

Los candidatos presidenciales Donald Trump (izq.) y Ben Carson participan en el debate celebrado el 28 de octubre en la Universdad de Colorado en Boulder. Trump y Carson están a la cabeza en las encuestas del GOP.
Los candidatos presidenciales Donald Trump (izq.) y Ben Carson participan en el debate celebrado el 28 de octubre en la Universdad de Colorado en Boulder. Trump y Carson están a la cabeza en las encuestas del GOP. Getty Images

Los debates políticos entre candidatos o aspirantes a un cargo público siempre me han parecido un ejercicio de futilidad: una competencia de imagen e ingenio en que dan por vencedor al que responda con la mayor agilidad y la mejor sonrisa, o el que diga la mayor boutade. En la política estadounidense se han hecho imprescindibles desde aquel primero en que Richard Nixon se enfrentó con John Kennedy y dieron por vencedor a éste porque era más apuesto y no le brillaba la nariz. De entonces al día de hoy, los debates se han ido degradando —especialmente en estos en los que participan un montón de aspirantes a una nominación en las primarias de un partido— hasta convertirse en un espectáculo de circo.

En la presente temporada, los republicanos se llevan la palma por el extravagante número de actores, en los que sobreabunda la inexperiencia, la grisura o —como en el caso específico de Donald Trump— la escandalosa desmesura. No creo yo que Trump crea de veras muchas de las cosas que dice, pero sabe que, entre ciertos electores de su partido, resulta popular burlarse de esos tabúes consagrados que aquí les llaman “corrección política”. Hasta ahora se ha plantado de desfachatado y le va bien en las encuestas, para horror del establishment republicano, pero tendríamos que admitir que es un payaso que hace payasadas.

Confieso que tengo poco interés y paciencia en estos encuentros insulsos que se dan en mi país de adopción (me asomo a los debates por un rato y me vencen la frustración y la fatiga). Me excusa el saber que soy un republicano disciplinado y que dentro de un año votaré por el candidato de mi partido, sea éste quien sea, porque un demócrata en la Casa Blanca siempre me parece peor, de ahí que pueda saltarme estos debates, como posiblemente lo haga con las primarias, y así me ahorro el enojo.

No puedo dejar de deplorar, sin embargo, que la política de la nación líder del mundo esté sujeta a estos raptos de improvisación y ligereza que encontramos con tanta frecuencia entre los aspirantes a las más altas magistraturas del Estado y que denota, sobre todo, la ausencia de una auténtica clase política —la que se forma escalonadamente a lo largo de muchos años sólidamente asentada en la experiencia y en la pericia— responsable, por ejemplo, de los tres últimos presidentes, incluido el actual, que, en distintos momentos y maneras, han dado muestras de su incompetencia. Parecería inevitable que el próximo sea también miembro de este club.

En mi opinión, el fallo está en el sistema presidencialista mismo que, al democratizarse más —haciendo depender las nominaciones de los resultados de las primarias y no, como era antes, de la maquinaria de los partidos— le ha dado mayores oportunidades a cualquier individuo con suficiente audacia, dinero y conexiones para aspirar a sentarse en el primer sillón de la tierra y —contra toda sensatez— conseguirlo.

Es muy difícil que aquí cambie el sistema (con estas campañas interminables tediosas y costosísimas que no pueden darnos lo mejor, porque la cantera de la cual se nutren es mediocre, porque falta el escalafón que está presente y opera con mayor eficacia en las democracias parlamentarias), no por eso dejaré de protestar y de lamentar la ausencia de líderes talentosos, de políticos sabios y eficientes, de estadistas, en una palabra, que la actual maquinaria electoral y partidaria en Estados Unidos —que se diluye en estos ridículos certámenes de simpatía— ya no parece capaz de producir.

©Echerri 2015

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de noviembre de 2015, 0:54 p. m. with the headline "Ausencia del estadista."

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