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El bautismo de sangre de una nación

Cuadro que recoge el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina, en 1871.
Cuadro que recoge el fusilamiento de los ocho estudiantes de medicina, en 1871. el Nuevo Herald

Para los cubanos de mi generación –y de otras anteriores– el 27 de noviembre era día de singular significado y tristísima recordación: la ejecución pública de ocho estudiantes de medicina en esa fecha del año 1871 se había consagrado como efeméride luctuosa. Esta conmovedora historia de inocencia y de odio, de valor y de brutalidad, de honor de algunos y de deshonra de muchos otros nos la aprendimos de memoria en la escuela, como también el nombre de las ocho víctimas que, como bien diría Martí, “subieron sonriendo del apego y cobardía de la vida común, al heroísmo ejemplar”.

En mi infancia, 80 años después de ocurridos los hechos, el duelo seguía siendo tangible como innumerables eran los actos en memoria de los mártires hasta en los caseríos más alejados de los centros urbanos y en las aulas más pobres. Pero no se trataba tan sólo de una conmemoración de las instituciones del Estado, sino de todo el pueblo, que hacía impensable la música profana en la radio, las fiestas y las funciones del teatro. Una prima de mi padre que había nacido un 27 de noviembre me decía que nunca había podido celebrar su cumpleaños en su día, porque este siempre había estado marcado por un crespón de luto.

Como tantas otras cosas de la vida cubana contemporánea, esta conmemoración ha perdido lustre e importancia. De suerte que muchos cubanos no se acordarán de ella, aunque los estudiantes de la Universidad de La Habana sigan yendo en peregrinación a la Explanada de la Punta, donde tuvo lugar el fusilamiento, y algunos maestros le mencionen el hecho a sus alumnos. Inmersos en el penar por la supervivencia bajo el castrismo o en el desarraigo que conlleva el exilio, la mayoría de mis compatriotas, de cualquier orilla, pasará por alto la fecha y algunos ni siquiera tendrán la menor noción de ella, a pesar de la importancia capital que tiene para nuestra identidad nacional.

Los hechos que dieron lugar a uno de los mayores crímenes cometidos por el gobierno español en América son muy escuetos: a las tres de la tarde del día 23 de noviembre de 1871, los alumnos del primer año de medicina y algunos que asistían de oyentes se encontraban reunidos en el anfiteatro anatómico a la espera de su profesor. Ante la tardanza de este, se fueron al contiguo cementerio de Espada, frente al cual varios del grupo jugaron con el carro que llevaba los cadáveres a la sala de disección y uno de ellos, de sólo 16 años, arrancó una flor. El celador del cementerio, molesto acaso por el bullicio de los muchachos y movido sabrá Dios por qué secreto odio, denunció a las autoridades que unos estudiantes de medicina habían profanado el nicho donde se encontraban los restos de Gonzalo Castañón, periodista defensor de la causa de España a quien un cubano independentista había asesinado en Cayo Hueso un año antes.

Dos días después, el sábado 25, el gobernador de La Habana, Dionisio López Roberts, se personó en la Universidad y arrestó a toda la clase del primer año de medicina. Para entonces, los milicianos españoles del Cuerpo de Voluntarios ya habían tomado las calles pidiendo que se borrara con sangre el agravio. En un primer consejo de guerra –donde hizo un valiente y elocuentísimo alegato de defensa el capitán Federico Capdevila– los estudiantes fueron condenados a las penas que impone el Código Penal por el delito de profanación, que ninguno de ellos había cometido; pero la turba de voluntarios, ya en franco motín, llegó incluso a amenazar a las autoridades si no daban un escarmiento ejemplarizante. Se celebró, pues, un segundo consejo de guerra, el lunes 27, del cual salieron ocho penas de muerte y sanciones de seis y cuatro años de prisión para casi todos los demás. La ejecución se llevó a cabo esa misma tarde en la explanada de la Punta y los estudiantes fueron sepultados sin ataúdes en una fosa común a las afueras del Cementerio de Colón.

De ahí que me atreva a decir que Cuba adquiere su carta de naturaleza política el 27 de noviembre de 1871 cuando el poder colonial pone a la puerta de una nación en cierne, que no acaba de reconocerse a sí misma, los cadáveres de ocho niños. Y esa sangre viene a sellar nuestro destino nacional y a hacerlo irreversible. El separatismo quedó consagrado ese día. El 27 de noviembre los cubanos entraron, de súbito, en la madurez; despertaron al conocimiento de que convivían en el mismo suelo con una canalla opresora que los odiaba y que era capaz de no detenerse ante nada, incluida la inocencia de unos adolescentes. La muerte de esos adolescentes significó el fin de la adolescencia de un pueblo.

José Martí, joven de 18 años que llevaba unos meses de destierro en Madrid, convalecía de una operación en casa de un amigo cuando le llegó la noticia del crimen cometido en La Habana. Sabía que su mejor amigo, Fermín Valdés Domínguez, era uno de esos estudiantes, pero no sabía si se encontraba entre los muertos. Pidió entonces que lo dejaran solo. Años más tarde contaría que, en ese momento de angustia, juró dedicarle el resto de su vida a la independencia de su patria. Menos de un cuarto de siglo después, iniciaría el conflicto que habría de terminar con los restos del imperio español.

©Echerri 2015.

Esta historia fue publicada originalmente el 27 de noviembre de 2015, 4:57 a. m. with the headline "El bautismo de sangre de una nación."

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