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Noche de paz

Hace exactamente un siglo —en la Nochebuena de 1914—, los soldados que libraban la guerra más atroz que hasta entonces había conocido el mundo confraternizaron a lo largo de las trincheras del frente occidental, desde el Mar del Norte hasta los Alpes suizos, en lo que sin duda ha sido la más dramática y conmovedora historia de Navidad, y acaso una de las más olvidadas.

El conflicto, que hoy conocemos como primera guerra mundial, había estallado el 1 de agosto de ese año y ya había cobrado la vida de cientos de miles de soldados (sólo un cuarto de millón en los primeros 30 días). Casi cinco meses después, ingleses y franceses habían logrado frenar el avance inicial de los alemanes y los ejércitos contendientes se habían detenido, uno frente a otro, defendidos por un vastísimo sistema de trincheras que, en lo adelante y durante los próximos cuatro años, sería el único teatro de una auténtica guerra de desgaste.

La vida de los soldados, de uno y otro bando, en estas trincheras era un verdadero infierno: zanjas hediondas y lodosas donde pululaban las ratas, pobladas por hombres mugrosos y piojosos, enfermos de disentería, que vivían entre sus propias inmundicias aterrados por las bombas y los gases asfixiantes que les llovían desde el campo enemigo a muy corta distancia. Entre las trincheras de unos y otros, bordeadas de alambres de púas, había una franja de tierra, de apenas medio centenar de metros en algunos lugares —la llamada “tierra de nadie”—, la cual, durante los frecuentes e infructuosos asaltos de cualquier parte, se cubría de cadáveres que a veces quedaban insepultos durante muchos días.

En medio de esta pesadilla sin precedentes llegaba la Navidad, la gran celebración que compartían todas las potencias beligerantes y que alcanzaba a millones de hombres lejos de sus hogares y en constante peligro de perecer. ¿Cómo podía conciliarse el mensaje de paz y amor de que es portadora la Navidad con esta pavorosa carnicería?

Los gobiernos de los países en guerra se ocuparon de que sus soldados recibieran algunos obsequios navideños: chocolates, budines, tabaco, cerveza… pero sin la menor intención de que fueran a compartirlos con el enemigo. Los estados mayores de unos y otros consideraban cualquier confraternización con el adversario como un resquebrajamiento de la moral combativa y el que incurriera en tal cosa podía estar sujeto a consejo de guerra.

Sin embargo, esa fría noche del 24 de diciembre de 1914, contraviniendo las órdenes de sus respectivos jefes, los soldados del frente occidental confraternizaron con sus enemigos, intercambiaron regalos con ellos y cantaron juntos villancicos, estableciendo, en la práctica, una tregua de poco más de un día de duración que ningún superior aprobó.

Al parecer, fueron los alemanes, apasionados de los ritos navideños —sobre todo del árbol de Navidad, que fue invención suya— los que comenzaron el acercamiento desde días antes, cuando, en algunos sitios, les lanzaron golosinas y bebidas a los contrarios, que, a su vez, reciprocaban con dulces y tabaco. Hacía la medianoche del 24, empezaron a emerger árboles de Navidad desde las trincheras alemanas y algunos soldados se aventuraron con árboles iluminados con velas en la tierra de nadie. La consigna general era: “No disparen. No disparamos. Feliz Navidad”. Muchos venían sin armas. Y en varias lenguas empezó a oírse sobre aquel vasto campo de muerte el más emblemático de los villancicos: “Noche de paz, noche de amor”.

Ingleses, franceses y belgas salieron de sus trincheras para encontrarse cara a cara con sus feroces enemigos, que eran más parecidos a ellos de lo que suponían. A veces se entendían por señas (casi ningún soldado inglés o francés hablaba alemán) y muchas veces en el inglés, con frecuencia limitado o torpe, de algunos alemanes; momentáneamente hermanados por el natalicio de un niño judío de la época de Augusto.

Soldados y oficiales acordaron, sin autorización de ningún jefe, extender la tregua durante todo el día de Navidad, que dedicaron juntos a enterrar a los muertos, a compartir historias y a jugar fútbol cuando el terreno lo permitía. Un día después, empezaría de nuevo la matanza que ninguna otra Navidad vendría a alterar hasta que se firmara el armisticio en noviembre de 1918 y el número de caídos en la contienda (entre militares y civiles) se acercara a los 16 millones; pero los testigos nunca pudieron olvidar la magia de aquella noche única en que el mensaje de paz de la Navidad se materializó de súbito en un inimaginable escenario.

© Echerri 2014

Esta historia fue publicada originalmente el 24 de diciembre de 2014, 3:00 p. m. with the headline "Noche de paz."

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