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Cena para empezar la Navidad

Al tiempo de circular esta columna, miles de hogares en el Sur de la Florida (por fidelidad a sus raíces, no por menosprecio a las costumbres del país en que vivimos) se preparan para celebrar la cena de Nochebuena, que tiene lugar en esta fecha y que no hay que confundir con esa suerte de almuerzo tardío que congregará a las familias anglosajonas el día de mañana. Aunque celebraciones semejantes y de idéntico origen, no son exactamente iguales.

La cena de Nochebuena (que desapareció como tradición en algunos países que optaron por la Reforma en el siglo XVI) tiene su origen en una motivación litúrgica que se ha perdido: la penitencia —y el consecuente ayuno— del Adviento. En estos tiempos cuando las “fiestas de Navidad” tienen lugar a todo lo largo del mes de diciembre, casi nadie parece acordarse de que la llamada estación de Adviento —las cuatro semanas que anteceden a la Navidad— no es en modo alguno festiva en el calendario de la Iglesia; por el contrario, es —debía de ser y fue así en otras épocas— tiempo de recogimiento y expectación piadosa, no muy diferente de la Cuaresma, con la cual todavía comparte el color morado de los paños de altar y las vestimentas del culto. Tiempo de anticipado júbilo, ciertamente, pero contenido en la meditación, en la plegaria, en las buenas obras y en la moderación. Las parejas devotas no tenían relaciones sexuales en Adviento, como tampoco en la Cuaresma, y los burdeles se cerraban.

Los fieles en la Edad Media se acercaban a la Navidad de puntillas, reviviendo en la estación de Adviento el tiempo de oscuridad en que, a través de los anuncios de los profetas del antiguo Israel, iba acreciendo la promesa de la llegada del Mesías. En Adviento la Iglesia intenta revivir esos siglos sombríos y esperanzados en que “el pueblo escogido” se mantenía a la espera de una redención divina que no sabía cómo habría de producirse, espera en que la Navidad que nos narra el Evangelio irrumpe con escándalo y no despierta el entusiasmo del piadoso israelita: Dios opta por la pobreza y por la indefensión, de esa variable surge el cristianismo.

Sólo este trayecto de penitente espera que propone el Adviento explica la cena de Nochebuena —que es también un equivalente de la cena pascual— y que, si vamos a ser fieles a la tradición, no debe tener lugar antes de medianoche; sino, y más exactamente, después de la misa cuando se anuncia el nacimiento de Jesús y las sombras de la espera dan paso a la alegría de su llegada. Se debe ir de la iglesia a la cena —y no al revés—, de ahí la leyenda francesa del cura glotón que perdió su alma por estar pensando en los suculentos platos que le esperaban después de la misa en el castillo del señor feudal y que, por culpa de ese pensamiento, hizo una celebración eucarística chapucera y sacrílega.

Bueno es recordar que, a pesar del espíritu festivo y los villancicos que suenan en las tiendas y las fiestas de las empresas y las compras desaforadas, al tiempo de usted leer esta columna no estamos todavía en Navidad (estación que sólo dura doce días y que empieza a la medianoche de hoy y se extiende hasta el día de Reyes). La cena de esta noche no surge, pues, como prolongación de los festejos de todo un mes, sino como ruptura jubilosa del ayuno y la penitencia con que la grey cristiana conmemoraba anualmente el arribo de su Redentor. Visto así tiene mayor sentido.

© Echerri 2015

Esta historia fue publicada originalmente el 23 de diciembre de 2015, 1:45 p. m. with the headline "Cena para empezar la Navidad."

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