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Con ilusión de niños

Ha vuelto la Navidad y la celebración del Año Nuevo con sus entrañables tradiciones que sirven para confirmarnos como comunidad y para devolvernos, como individuos, a la infancia, a esa edad en que, por estar recién asomados a la vida, todo es novedoso, objeto de insaciable curiosidad y, uno mismo, terreno fértil para que se arraiguen los hábitos de nuestro entorno, aunque se trate de costumbres muy viejas, como pueden ser los ritos consagrados de una fe. Por su natural inocencia, por habitar un mundo donde lo racional no ha llegado a someter o a subordinar los instintos, ámbito donde coexisten con facilidad lo fantástico y lo real, el niño es un ser más religioso que el adulto, más propenso a creer en lo sobrenatural, como puede ser la visita anual de Santa Claus o de los Reyes Magos.

En esta época del año —acaso por oír esa voz del Evangelio que susurra en nuestro corazón “si no fuereis como niños”—, todos volvemos un poco a la niñez y nos dejamos embriagar por la leyenda del pesebre y por las ilusiones que trae el Año Nuevo. Por incrédulos que seamos, por conscientes que estemos de la presencia de la enfermedad y de la muerte, que a diario enturbian nuestras esperanzas y nuestros sueños de persistir, por constancia que tengamos de la dureza del “camino de la vida”, en cada uno de cuyos recodos puede estar emboscándonos el fracaso o incluso la tragedia, en este tiempo insistimos en renovar las esperanzas de lograr la felicidad, que es otra manera de definir la plenitud (salud, amor, bienestar económico, realización profesional, etc.) y hasta tal punto, que somos pródigos en deseársela a todos los demás, incluso a los desconocidos con quienes nos cruzamos. Se trata de una suerte de mantra que repetimos con el deseo —inconsciente o explícito— de que se materialice. La felicidad que les deseamos a los otros es la necesidad desesperada que tenemos de creer en ella, de que se haga realidad en nuestra propia existencia a lo largo de ese nuevo período de tiempo que inauguramos y que vemos como oportunidad.

Las noticias —que casi siempre son malas— parecen darle un mentís a estos buenos deseos. A los que en 2015 murieron víctimas de atentados terroristas, de naufragios, de tornados, de enfermedades súbitas o crueles casi seguramente alguien les deseo felicidad un año atrás, cuando estrenábamos un nuevo ciclo, sin imaginar, en la mayoría de los casos, que para esta fecha se contarían en las páginas de los obituarios; a lo que ha de sumarse, naturalmente, el pesar de los sobrevivientes, de los que han perdido seres queridos, bienes y esperanzas. ¿Con qué sinceridad pueden repetir y recibir estos últimos los deseos de dicha y éxito en estas fiestas y para el año que comienza?

Con infantil confianza y sobrehumana voluntad, creo yo, ilusión y razón puestas al servicio de la aventura de vivir que se renueva y se reafirma pese a nuestras flaquezas y miserias y en presencia de las calamidades y el fin que a todos nos acechan y que en este 2016 nunca habrán de faltarnos, ya en el papel de víctimas, testigos o enterados. Bueno es, pues, y legítimo, que nos regocijemos y con el júbilo y la ilusión típicos de los niños saludemos el año que nos llega prometiéndonos y deseándoles a nuestros semejantes que sea un anticipo del paraíso, a sabiendas de que de buenas intenciones (y deseos) está empedrado el camino del infierno. Se trata, ni más ni menos, que de un acto de fe, hermoso y válido.

© Echerri 2015

Esta historia fue publicada originalmente el 1 de enero de 2016, 0:37 p. m. with the headline "Con ilusión de niños."

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