Noticias viejas [y malas] para el Año Nuevo
Los noticiarios suelen hacer recuentos en estos días del saldo que nos deja el año viejo. Las noticias que merecen los mayores titulares casi sin excepción son malas: guerras, catástrofes naturales, accidentes, secuestros…
La guerra civil en Siria, que en un momento acaparó las noticias se convirtió en un conflicto con sordina, suplantada por la concomitante amenaza del Estado Islámico (EI) al que Estados Unidos y sus aliados bombardea con mediano éxito desde agosto. Pero los sirios se siguen matando entre sí, y sólo este año las víctimas fatales de esa contienda ascienden a 76,000, entre las cuales hay un alto porcentaje de niños. Gracias a la amenaza terrorista del EI, la demonización de Bashar al-Assad se ha ido atenuando y ya se le empieza a ver como un aliado, aunque esto no se diga muy en alta voz. Los perdedores, o los que llevan la peor parte, como tantas veces en la historia, son los rebeldes que aspiran a la democracia y que ahora mismo parecen atrapados entre la feroz tiranía siria y el implacable despotismo del islamismo militante y fanático.
En otro escenario, más cercano a nuestra cultura y, por consiguiente, a nuestro corazón, ucranianos y rebeldes pro rusos se siguen matando en el sureste de Ucrania a pesar de las treguas concertadas y pactadas más de una vez entre las partes. La anexión de Crimea y el desfachatado intervencionismo de Putin en Ucrania no sólo ha exacerbado las pasiones en la región del conflicto, sino que, por primera vez desde el fin de la guerra fría, ha creado serias tensiones entre la Rusia postsoviética y Occidente, luego de dos décadas de amistad y deshielo. Una mezcla de orgullo, suspicacia y oportunismo político mueve a Putin a asumir un comportamiento agresivo y amenazador por el cual Occidente lo castiga con sanciones que los rusos replican con represalias, en una peligrosa espiral enrarece y altera el clima de distensión que había prevalecido desde la implosión de la URSS.
Más de 5,000 muertos ha dejado el conflicto en Ucrania hasta hoy y el año que acaba de empezar sólo promete un aumento de esa cifra, ya que ninguno de los bandos está dispuesto a ceder. Como si nos hubieran devuelto a los años sesenta, la retórica del enfrentamiento entre las grandes potencias occidentales y Moscú repercute en el tercer mundo, donde los rusos parecen decididos a recuperar la palanca que sus predecesores comunistas alguna vez tuvieron, en tanto la OTAN se acerca a sus fronteras.
El descenso de los precios del petróleo, gracias a una movida saudita, ha llevado a la recesión a rusos y venezolanos entre otras economías que dependen del crudo, al tiempo que beneficia a los grandes importadores, particularmente a Estados Unidos, donde la economía ha venido mostrando signos de recuperación en los últimos trimestres, a pesar de una administración que se ha caracterizado por su mediocridad, al punto de que Barack Obama tiene el índice de aprobación más bajo de cualquier presidente de este país en el último medio siglo.
Casi al finalizar el año, el Presidente sorprendía a amigos y adversarios por igual al anunciar un súbito cambio de política hacía el régimen de La Habana con el que se propone restablecer las relaciones diplomáticas luego de 54 años de ruptura. Esta noticia que me toca de cerca, como a muchos de los lectores de esta página, ha sido comentada en todo el mundo y ha producido reacciones de toda índole. Para esta fecha —y por cuenta de las últimas medidas represivas del régimen cubano— empieza a formarse un creciente consenso de que acaso el Presidente ofreció demasiado a los comunistas cubanos a cambio de muy poco. No puedo evitar alegrarme por estos resultados que sirven para resaltar la ingenuidad o estulticia de una política que se había venido cocinando a lo largo de 18 meses a espaldas del pueblo de Cuba de cualquiera de las dos orillas.
Hemos llegado, pues, a un año nuevo, pero el cambio de la cifra en el calendario y nuestro entusiasmo —personal y colectivo— por la oportunidad de un recomienzo no bastan para hacer tabla rasa los conflictos, crisis y problemas que arrastramos del año anterior y de mucho más atrás. Estamos en enero, es cierto, pero, para todos los efectos prácticos, seguimos estacionados en el pasado: las noticias no son nuevas, o no lo son del todo, y nunca o casi nunca son buenas: exactamente lo contrario del anuncio evangélico.
©Echerri 2015
Esta historia fue publicada originalmente el 2 de enero de 2015, 7:00 p. m. with the headline "Noticias viejas [y malas] para el Año Nuevo."